31.12.09

Stray sheep/La última del año

Anoche, ya que el Taro estaba cerrado, fuimos a cenar al Deigo, lugar en el que despedimos a nuestros queridos C y MG que se nos van a vivir a Australia, lejos de todo y cerca de Japón. Termina el año y me encuentro leyendo a Natsume Sōseki, padre de la narrativa japonesa moderna (y, a mi gusto, contemporánea y/o actual). Primero fue Botchan, en una muy amena traducción reciente de José Pazó Espinosa y prologada por Andrés Ibañez. La novela, aparecida originalmente en 1906, fue rescatada por el sello madrileño Impedimenta, cuyo catálogo es notable y su diseño editorial hermoso. Luego fue Sanshiro, en donde todo parece lost in translation a manos de Yoshino Ogata, traductor que vertió la obra al castellano. La edición, también en Impedimenta, es de una calidad dudosa: demasiadas erratas, demasiados problemas de sintaxis y redacción, poca atención del corrector de estilo... Una pena, en realidad, porque la novela, original de 1908, es muy buena y no puede ser más que la piedra angular de todo lo que vendría después en la narrativa japonesa, desde Yasunari Kawabata hasta Yukio Mishima, para luego desembocar en el hoy omnipresente Haruki Murakami. Ya veremos qué pasa con Kokoro (1914), considerada la obra maestra de Sōseki (1864-1916), traducida y prologada por Carlos Rubio y cobijada por el sello de Gredos (hay una primera edición de 2003 y una segunda de 2009: el libro es bello, aunque no tanto como los de Impedimenta (erratas y descuido del texto aparte). Todo esto al ritmo del Trans-Europe Express de Kraftwerk. Así las cosas, feliz año nuevo y que el 2010 sea uno muy bueno. (Si quieren leer una buena crítica de Botchan a manos de Aurelio Asiain, asómense aquí.)

7.12.09

Ecce Beatle

Como el año entrante estará lleno de números redondos, incluido el trigésimo aniversario de la muerte del hombre que anima esta entrada, recordemos a John Lennon hoy, 8 de diciembre de 2009, a 29 años de que fuera asesinado. 29 años ya. Y, claro, es imposible olvidarlo, no sólo a él, sino al resto del cuarteto: George, Paul y Ringo. Hace una semana me compraba la caja de discos remasterizados --en stereo-- de The Beatles, a pesar de la fobia que le tengo a los cds luego del robo de mi colección, hace poco más de un año. Era un momento de paz, súbitamente interrumpido por una llamada de MP: nos habíamos quedado encerrados fuera de la casa. Así las cosas, disfruté la compra hasta el día siguiente; en el ínter, vino el cerrajero, abrió la puerta --luego de aniquilar la cerradura, de cualquier forma inservible-- y arregló el asunto: llaves nuevas, vida nueva (pienso en Graham, el protagonista de sex, lies, and videotape de Steven Soderbergh --película que este año cumple sus redondos 20--, fóbico a tener más de una llave). En fin. Al día siguiente, encerrado en el estudio, escuché los primeros ocho discos, siempre maravillado por las canciones que conozco --y no-- al dedillo. The Beatles, sí, son algo semejante a Dios: ubicuos en la memoria y en las generaciones. Hoy, los niños los escuchan como si sus discos apenas hubieran aparecido hace unas horas, ayer mismo. Y, sin embargo, escuchan algo que parece existir desde siempre. Pero no ahondaré en la metafísica de la música ni en la divinidad de Lennon, McCartney, Harrison y Starr, no. Recordaré a John el día infausto en el que lo balearon. Me recordaré a mí, de 10 redondos años, en la biblioteca de casa de mis padres, recién enterado de la mala nueva. Todo mal, pensé entonces, y me venció la tristeza. Hoy, sin embargo, Lennon es tan inmortal que no le encuentro sentido a las lágrimas, menos ahora que escucho el Revolver un par de veces, de ida y de vuelta del trabajo, a un día del aniversario fatal: "Tomorrow Never Knows".

28.11.09

Asados, novelas (primeros días en Copilco el Bajo)

Hace 21 días que nos mudamos a la nueva casa. No más Tlalpan. Un poco más al norte de la ciudad de México, ahora somos habitantes de Copilco el Bajo, colonia sita en los dominios de Coyoacán y extensión obligada de Chimalistac. Escribo en el estudio, con la sexta partita para piano de Bach de fondo. Tengo abierto un documento de Word, el vaciado de la novela en la que trabajo. Fluye despaciosa, el cauce lleno de meandros y remolinos, detritus y muchos obstáculos por sortear. Me distraigo y atiendo este espacio habitado durante varias semanas por el silencio. ¿Qué les puedo decir de nuestros primeros días aquí, en Copilco el Bajo? Han sido días felices, aunque la mudanza fue pesada y larga. Sin embargo, aquí caben todos nuestros libros y centenas más: generosos, nuestros caseros nos dejaron libreros a pasto. ¿Qué más puede pedirse? Además, en la terraza --que es adonde se encuentra el estudio-- hay un parrillero (así le dicen los uruguayos al asador, y yo quiero mucho a los uruguayos). Lo estrenamos el domingo pasado para celebrar el cumpleaños de MP. Mi cuñado y yo conseguimos encender las brasas sin hacer trampa. Domeñamos el fuego. Y comenzamos a asar la carne. Fue un éxito, a pesar de los errores propios del que se inicia en el arte de asar carne. Pecata minuta. Luego, sí, fui regañado (por un uruguayo, claro está): ¿cómo que carbón en lugar de leña del monte? La próxima vez será leña. Me prometieron traer a México una vaca pequeña como un perro. Y ya veremos.

2.11.09

Últimos días en Tlalpan

Uno cree que llega para quedarse y, al año, se marcha: adiós, centro de Tlalpan. Adiós rosas, camelias, violetas de gensiana, mandarinos. No tendremos jardín, ahora, pero sí una amplia terraza con un asador o parrillero, todo depende de en qué orilla del río de la Plata se ubique uno. La casa es más amplia, sí, con espacio para todos los que somos y A. que viene en camino. Dejaremos, pues, el sur profundo del Distrito Federal --o de la ciudad de México-- y nos moveremos un poco más al norte: Copilco el Bajo, prolongación natural de Chimalistac, nuestro destino. Esta pequeña casa se llena, nuevamente, de cajas: hoy le tocó el turno a los libros de MP (16 cajas) y a los libros y juguetes de los niños (5 cajas más varias bolsas, por ahora). Calculo el número de cajas que necesitaré para mis propios libros: más de 30. El horror. Como le decía a mi querido amigo O. --luego de una sugerencia suya--, me encantaría quedarme con 100 o con 22 libros y deshacerme del resto. Pero no. Ya se sabe: los demasiados libros son, serán, siempre, la tendencia. Es fascinante la capacidad que tienen los libros de reproducirse, para no hablar de los seres humanos. Un año en Tlalpan y no sé cuántos cientos de libros más. Un año en Tlalpan y, de pronto, A., cómoda aún en el útero de MP. Un año más y una perra más: Mina. Un año más y dos gatas más: Billie y Ella (Nina y Janis ya encontraron morada). También nos llevamos a K., que tanto bien llegó a sembrar en la casa. Nada cambia, sin embargo, y todo se transforma. Y algo no deja de ser curioso: el contrato de esta casa en la que terminamos de encontrarnos y de tumbar muros vence, sí señor, el 9 de octubre, a 20 años de la caída del muro de Berlín. Así las cosas (nunca mejor dicho).

27.10.09

De caídas y de muros


El domingo por la noche, sedado por el cambio de horario, terminé de leer Den orolige mannen (El hombre inquieto, 2009) la última entrega de la serie Wallander de Henning Mankell. No es grato decirle adiós al investigador sueco, ahora abuelo y sexagenario, víctima él mismo de varias pérdidas. La novela reflexiona sobre la actualidad o la estela de la guerra fría, sobre los engaños que Occidente se hizo a sí mismo durante dicho lapso nunca del todo acabado. No es raro que el libro aparezca justo ahora, cuando faltan pocos días para conmemorar (no diría celebrar) los veinte años de la caída del Muro de Berlín, allende el 9 de noviembre de 1989. ¿Qué hacía uno entonces? Estudiar la carrera equivocada en el lugar erróneo, recién cumplidos los 19. Recuerdo que en la Muestra Internacional de Cine (la vi, entera, en el hoy extinto Cine Latino) pasaron sex, lies, and videotape, el debut de Steven Soderbergh, y Another Woman, mi película favorita de Woody Allen. Pienso en Kurt Wallander y en Marion Post, protagonista del filme de Allen (que no es otra cosa sino un homenaje afortunado a las Fresas salvajes de Ingmar Bergman, suegro de Mankell). Pienso en la memoria que, con el paso del tiempo, se nutre y se erosiona: nada más paradójico que un recuerdo. ¿Y qué es un recuerdo? Esto se pregunta Allen. Y responde, ambiguo (o se lo pregunta de manera distinta): Un recuerdo es algo que uno tiene o algo que uno ha perdido. Algo así. Algo así recuerdo, hoy, mientras camino bajo una lluvia discreta, delicada, una pelusa de agua. Es como estar dentro de una nube, pienso. Ever overcast.

19.10.09

La garza confundida

Hoy por la mañana, cuando, atrapado en el tráfico de Constituyentes, manejo hacia Santa Fe, un ave que sobrevuela el congestionamiento llama mi atención. Primero lo pienso una paloma, pero algo en su vuelo, algo a la vez errático y elegante, me hace alzar la vista de nuevo en pos del pájaro. Descubro entonces que no puede ser más que una garza. Una garza solitaria, blanquísima, que parece haber perdido el rumbo (pienso en el primer capítulo de la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Haruki Murakami, aunque La gazza ladra de Rossini no sea mi garza confundida). La escena la musicalizan András Schiff y su interpretación de las Variaciones Goldberg de Bach, grabada en ECM allende 2003 (el mismo sello ha editado, en dedos del mismo pianista, las primeras sonatas de Beethoven y la obra para piano de Leoš Janáček: imprescindibles). Me distraigo de la garza y pienso en ese libro que nunca he escrito, la versión narrativa de las mentadas variaciones. Alguien ya lo habrá intentado. La empresa me parece, en su heroísmo, una llamada al fracaso. De regreso a casa, escucho con atención la variación número 25, pequeña pieza que prevee el romanticismo en su integridad; se antoja un preludio, mejor aún, un nocturno de Chopin. Ah, Bach.

4.10.09

Dominical

Domingo. Nada que hacer, todo por hacer. Una taza de café a mi lado. MP y Anna desayunan en otro sitio. La violeta en plena flor, aquí en el estudio. Afuera, en la sala, las gatas juegan con cualquier cosa que se cruza en su camino. Pienso en las lecturas recién hechas y rehechas: Boyhood, Youth y Summertime, las escenas de una vida provinciana de J. M. Coetzee, en las que se convierte en John Coetzee, a caballo entre la ficción y la realidad, entre la auto y la alter-biografía. Pienso en el yo que se tranforma en él, en el ego subyugado a la tercera persona del singular y a los caprichos tanto de la memoria como de la ética personal. Pienso en el tiempo que uno desperdicia cuando lo vence un ataque de necedad. Pienso en el vacío crítico. Pienso en las lecturas que siguen, en lo que me depararán tanto Birchwood como The Infinities, en los cabos creativos de John Banville. Otro John. Pienso en las puertas que se abren. Hace calor.

22.9.09

Agua

No llueve. Y luego llueve en demasía. Llueve, dicen, en los lugares equivocados. Ríos y canales se desbordan. Se inundan zonas residenciales. Llueve y la basura obstruye el alcantarillado. Se inunda todo, desde el aeropuerto hasta el periférico. Uno piensa en Tláloc (o en Cthulhu y compañía). Y uno piensa en el lago que le fue usurpado a esta ciudad (aunque en Tlalpan estemos con los pies sobre tierra firme, lejos de las chinampas desvanecidas). Regresa el lago, parece ser. Y aun así, falta el agua, las presas no nos dan abasto, sequía en otras zonas, cosechas venidas a menos, todo el país en crisis por uno u otro motivo. Llueve. No llueve.

21.9.09

El nuevo ropaje del (falso) emperador

Es difícil no indignarse ante el abuso de autoridad, fenómeno que, en México, tiene facetas y variaciones infinitas. Hoy, por ejemplo, releo una nota aparecida ayer en el Reforma, en la que Enrique Krauze hace un engañoso recuento de las novedades editoriales fruto del 2010, año del centenario/bicentenario de la revolución y de la independencia mexicanas. Lejos de ofrecer una lista bibliográfica, el opinionista prefiere atender el fenómeno de manera asaz sospechosa, y se contenta con mentar tres nombres en el rubro dedicado a la novela histórica, el más paupérrimo de los géneros dentro del crisol que nos ocupa. Entendemos que a Krauze le gustan tan sólo tres narradores que reconstruyen tal o cuál momento de la historia: Fernando del Paso, Enrique Serna y C.M. Mayo (que no es otra sino la mujer de Agustín Carstens: siempre valdrá la pena estár en buenos términos con Hacienda, ¿no?). De los dos primeros, menciona un par de novelas que ya no son novedad, una de ellas un real clásico actual: Noticias del Imperio. No me atrevería a decir lo mismo de la novela de Serna dedicada a Santa Anna, aunque la prefiero por encima de cualquier fruto del mercachiflismo editorial que rellena las mesas de novedades con mamotretos oportunistas e intrascendentes, obras hechas al vapor del momento y con el ansia del que busca, sin real éxito, convertirse en un best-seller. Pero no es el estante de la "novela histórica" el real motor de esta entrada, sino aquéllos que Krauze le dedica tanto a la "biografía" como a la "crítica histórica". En el primer apartado, el autor celebra la iniciativa de su propia editorial: "Aunque en México ha habido pocos biógrafos, una nueva generación puede dar buenas sorpresas. Bajo el sello Tusquets, por ejemplo, ya comienza a circular una serie de novedosas biografías." Hasta donde este lector comprende, Krauze se refiere a la colección "Centenarios", misma que, a la fecha, cuenta con apenas una biografía: el magnífico Carranza, de Luis Barrón. El primer libro de la serie se inscribe, más bien, en el segundo rubro: el notable Historia y celebración, de Mauricio Tenorio Trillo, manual de uso/abuso histórico, ocurrente en donde los haya. Sin embargo, Krauze no hace referencia a ellos y deja en las mismas al lector de a pie; tampoco dice que, en dicha colección, se reeditó una versión aumentada del Recordatorio de Federico Gamboa, de Álvaro Uribe, que no es ni biografía ni crítica histórica, sino un muy logrado divertimento de divulgación, revestido de ejercicio de admiración. ¿Por qué procede así el director de Letras Libres? Supongo que, como es habitual en el mexicano, a Krauze le pesa el fruto de un trabajo mejor realizado que el propio; ergo, el ninguneo --o el silencio; o el insulto--, actitud habitual de aquellos incapaces de celebrar tanto a sus pares como a sus superiores, a los que se busca minimizar para pensarse, por omisión y soberbia, por encima de ellos. Así, la autoridad máxima es uno mismo, y, pues, da igual que se vista el disfraz imaginario del emperador de la divulgación histórica, total, todos son ciegos ante su investidura. ["La cosecha editorial del 2010", refrita, puede leerse aquí.]

17.9.09

Farsa, fraude y mermelada

1. Las palabras suelen ser precisas y así como la sangre no es ni un tejido ni un fluido, sino un tejido fluido, la palabra farsa, por ejemplo, quiere decir, si atendemos el diccionario de la RAE:

farsa
.

(Del fr. farce).

1. f. Pieza cómica, breve por lo común, y sin más objeto que hacer reír.

2. f. Compañía de farsantes.

3. f. despect. Obra dramática desarreglada, chabacana y grotesca.

4. f. Enredo, trama o tramoya para aparentar o engañar.

5. f. En lo antiguo, comedia.


lo que, claro, no es lo mismo que:

fraude.

(Del lat. fraus, fraudis).

1. m. Acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete.

2. m. Acto tendente a eludir una disposición legal en perjuicio del Estado o de terceros.

3. m. Der. Delito que comete el encargado de vigilar la ejecución de contratos públicos, o de algunos privados, confabulándose con la representación de los intereses opuestos.


Pero esto es mera necedad, relacionada con la entrada anterior de este blog, y dejo que el lector/la lectora especule sobre el porqué de la inclusión de este par de definiciones en El salto del salmón. A lo que sigue, pues.

2. Estábamos en el supermercado --el Superama de Renato Leduc y Calzada de Tlalpan, para más señas, en donde se nos va una buena porción de sendas quincenas-- cuando, en el pasillo de las conservas y demás delicias preservadas en azúcar, un frasco de mermelada St. Dalfour --creo que era de cassis; costaba cerca de 50 pesos-- se precipitó al suelo. Esto durante el debate que sostenía con los niños y que consistía en si nos llevábamos un frasco de mermelada Smuckers --la más barata-- o de La vieja fábrica --precio intermedio--, ambas de frambuesas. Justo nos decidíamos por esta última cuando, ay, la mentada mermelada de frutillas oscuras se desplomó.

Quise regañar al niño que se encontraba más cerca del estante, pero no estaba seguro de su culpabilidad; a veces, sin más, las cosas caen al suelo, sobre todo en los supermercados, y supuse que Superama --menudas aliteraciones, su-su-su-- tendría un seguro contra accidentes imponderables. Además, no había nadie a nuestro alrededor, ningún moro en la costa, cero testigos que pudieran demostrar lo ocurrido, que nosotros tampoco sabíamos lo que era. Así las cosas, proseguimos con la compra.

Y volvimos sobre nuestros pasos en no sólo una, sino en dos ocasiones: el corredor de las conservas nos atraía como un imán, y regresamos, primero, por miel, luego, sin querer, por harina, que estaba en otro pasillo, asunto que no nos impidió pasar nuevamente junto al frasco roto, la mermelada derramada, el cassis azucarado, vertido sobre el suelo. A esas alturas de la compra, en la costa ya se habían manifestado un moro --llevaba camisa negra-- y un azul --un guardia de esos que no tienen autoridad más allá de las fronteras del súper--, pero sendos hombres nos dejaron pasar y no dijeron palabra. Buscarán a alguien más, pensamos los niños y yo, y nos encaminamos a la caja.

El total de nuestra compra: 707 pesos con algunos centavos, de esos nuevos centavos ínfimos que se pierden en los bolsillos como náufragos de la economía. Ya sacaba yo los billetes cuando el moro se apersonó en la caja y dijo algo al oído del cajero, por lo que no nos dimos por aludidos. Sin embargo, el cajero nos dijo que teníamos que pagar un frasco de mermelada St. Dalfour de cassis. ¿Por qué? lo increpé. Y entonces sí intervino el moro: Tiene que pagar la mermelada que rompieron los niños. ¿Cómo sabe que fueron los niños y que el frasco no cayó al suelo por voluntad propia? Fueron los niños, insisitió el moro y no pude más que ofenderme. Mire, señor, yo vengo a este súper, como mínimo, una vez por semana y le dejo buena parte de mi quincena, que digo mi quincena, de la quincena de mi mujer también.

El hombre no comprendió mi razonamiento, así que continué: Además, seguramente su súper supermercado tendrá un seguro que cubra dichas impericias de los objetos inanimados. El hombre calló, su silencio tan negro como su camisa. Luego dijo, me ordenó: Pague la mermelada. Yo me insuflé y le espeté: No pagaré nada, usted me cobra ese frasco y yo no regreso más a su súper. El cajero nos interrumpió, me dijo que faltaban siete pesos. Me desembaracé de una moneda de diez y esperé el cambio. Saldada la cuenta, le dije a los niños: Vámonos.

El moro se mantuvo impasible, congelado junto al cajero. Dos guardias de azul obstruían la salida, pero el carrito, amenazante como un galeón pirata, encontró el modo de pasar entre ellos y desfilamos, flanqueados por la ley del súper, los niños y yo hacia la libertad del estacionamiento, lejos de la costa en la que había ocurrido la pequeña catástrofe del cassis.

Apenas arrancamos, los niños salieron de su mutismo y, claro, comenzaron a hacerme preguntas. La más importante de todas no supe --o no quise-- responderla: ¿Qué es el cassis, David?

Fin.


15.9.09

Pataletas

A falta de habilidad crítica (para no decir talento), denuncia. Leo en Laberinto, suplemento cultural del diario Milenio que ha hecho de la polémica su tipo de cambio, la nota más reciente de la autonombrada crítica de arte Avelina Lésper: "Farsa en Venecia". Lejos de hablar de la obra que la anima --¿De que otra cosa podríamos hablar? de Teresa Margolles, presencia de México en el pabellón que le fue asignado durante la más reciente Bienal de Venecia--, el texto de Lésper se asemeja más a una chillante orden judicial que a un lúcido apunte crítico: en su indignación conservadora y moralizante, la opinionista deduce que la pieza de Margolles es una farsa. O bien, que de ser una pieza genuina, hecha con los materiales con los que se dice fue realizada --mantas manchadas de sangre fruto de la guerra del/contra el narco--, es un atentado contra la ley. En el primer caso, farsa o no, la pieza de Margolles está dotada de un alto sentido conceptual y de protesta ante el estado de las cosas y contra las instituciones que, a final de cuentas, hicieron posible su existencia; en el segundo, si los materiales son verdaderos y llegaron a su destino gracias a una arriesgado operativo de carácter ilegal, la pieza es doblemente lograda, ya que es fruto de la subversión y no de una postura alineada y acomodaticia ante el devenir del arte actual. Entiendo que la obra de Margolles no pueda criticarse más allá de su manufactura y que el proceso sea parte de la pieza terminada; así las cosas, Lésper parece proceder bien, ya que atiende, en su especulación sin fundamento, ¿De qué otra cosa podríamos hablar? desde su concepción y traslado de México a Italia. Sin embargo, la pretensa crítica no ofrece fuente alguna que constate sus afirmaciones especulativas, que no son, en efecto, nada más que eso: relleno metacrítico. Finalmente y para seguir con su habitual pataleo, Lésper se ensaña con Margolles en el terreno semántico: aduce que la sangre no es un fluido sino un tejido, cuando en realidad se trata de un tejido fluido. En suma, nada y lo de siempre: mucha denuncia, poca crítica. [La nota de Lésper puede leerse aquí.]

9.9.09

Notas de un miércoles a las 8.23 de la mañana


1. Detrás de mí, uno de los gatos juega. No ha descubierto que su cola le pertenece. La persigue. Corre alrededor de sí mismo. De pronto, estalla y escala el sillón, corre de uno a otro extremo del estudio. Maúlla. Se queja ante esa presa inconseguible. Ahora, brinca sobre una caja de cartón. Y allí permanece, adormecido. Se espabila de nuevo. Alcanza mi saco, muerde uno de sus botones. Sale disparado hacia los libros que hay bajo la mesa. Reinicia su periplo, su perenne odisea, una y otra vez.

2. Ayer vimos al bebé de nuevo. 15 semanas. Es cada vez más grande. Y cada vez es más fácil distinguirlo, contemplar la solidez de su fémur, los dedos perfectos de sus manos, la espina dorsal inmaculada, su cabeza, el perfil epifánico de su nariz y de su boca, de la frente que contiene su pequeño, gran cerebro. MP reposa mientras nuestro doctor desliza el "visor" del ultrasonido sobre su vientre. Todo es apacible allí. Momentos después, lo escuchamos. Escuchamos el corazón que late, veloz, mucho más rápido que cualquiera de los corazones adultos que lo contemplamos. Es, entiendo, el sonido de la creación del mundo.

3. La violeta ha florecido por tercera vez este año. Sus flores son de un púrpura profundo, las hojas, en su ordenado desorden, dotadas de un verdor intenso. Pienso en todo lo que ha sobrevivido esa planta, mudanzas y caídas, días sin agua, jornadas de demasiado sol. Yace allí, impertérrita, sobre el escritorio, asomada detrás del monitor que ve nacer estas letras, esta suma de palabras, esta frase que aquí, ahora, termina.

3.9.09

Gray/Phoenix

Recuerdo que cuando vivía en Londres se estrenó, con bombo y platillo crítico, The Yards (2000), del para mí desconocido director James Gray. Si bien siempre tuve la intención de ir a verla, terminé por no hacerlo: algo, supongo, se cruzaba con mi camino cuando me disponía a ir al cine. Nueve años después, finalmente, la vi, junto con MP, en el monitor de esta MacBook en la que escribo. Esto, claro, luego de ver Two Lovers (2008), la película más reciente de Gray y la aparente despedida del cine de Joaquin Phoenix --quien protagoniza todos los filmes de Gray, salvo el primero, y cuya barba envidio--, un actor de la talla de, por decir algo, Sean Penn y Daniel Day Lewis, aunque su perfil y exposición pública sea mucho más discreta que la de sendos actores citados. Una cosa llevó a la otra y, sorprendidos por la manera de filmar del estadounidense, MP y yo también vimos We Own the Night (2007), que de las tres mencionadas es la que más me ha gustado. Nos falta por ver Little Odessa (2004), la ópera prima de Gray, aunque tengo la impresión de ya haberlo hecho... Pero no digo nada. Vean las películas de James Gray. Y lean mi reseña de Two Lovers, aquí.

28.8.09

Prepotencia


Es la prepotencia y la corrupción de la policía, no el vendedor de droga, lo que humilla al ciudadano, la deslealtad de quienes deberían custodiarnos lo que nos aterra.
Luis González de Alba, "Juárez, el panista" (Milenio, 24 de agosto de 2009).

En una de las novelas de la serie Wallander, el investigador sueco maneja bajo los efectos del alcohol. Sabe, claro, que está rompiendo la ley. Es de noche y piensa, sin embargo, que nadie lo detendrá en su camino. Pero no es así. La casualidad quiere que se encuentre con sus colegas en la ruta. Y como Wallander maneja de manera sospechosa, le piden que se detenga. Se detiene. Lo descubren borracho. Y, hecha una advertencia al superior --porque Wallander es superior a todos sus colegas--, lo dejan ir sin arrestarlo. El policía acepta su falta y se marcha con el rabo entre las patas, apenado de lo que ocurrirá el día después. Fin de la anécdota.

Ayer, MP, el Nene y yo fuimos a entregarle su regalo de bodas a mi hermana y su marido. En lo que duró la velada, abrimos dos botellas de un tinto del Duero bastante bueno. Comimos queso, pan, jamón serrano. Y nos fuimos de allí poco antes de la una de la mañana. MP me seguía, íbamos en dos coches. Dimos una vuelta de más a Amsterdam y, de manera impulsiva, me decidí por una ruta que no acostumbro tomar: vuelta a la derecha en Michoacán, a la izquierda en Nuevo León. Craso error.

Había mucho tráfico. Primero, lo pensé causa de algún antro y su ejército de choferes de valet parking. Pero no. El tráfico lo provocaba una redada, la calle disminuida a un carril. Era, claro, la redada del alcoholímetro. Supe, desde el primer momento, que me pedirían que me detuviera. Siempre lo hacen cuando el conductor va solo y, sobre todo, si es hombre. Calculé mi ingesta de alcohol. Y me preparé para lo peor.

Al comienzo del retén, una mujer amable nos pedía a los conductores que abriéramos la ventanilla del coche para, acto seguido, entregarnos un par de panfletos, comentarnos que se trataba del programa de "Conductor seguro" y, finalmente, preguntarnos que de dónde veníamos. Dije que había estado en una reunión familiar, que había tomado vino y que me venía siguiendo MP, embarazada. Y la mujer, sin titubear, me dijo que me detuviera metros adelante, que me harían una prueba. Así, sin más explicaciones.

Me detuve y un hombre me preguntó lo mismo. Le respondí, pues, lo mismo que a la mujer de los panfletos. Amable también, el hombre me ordenó que me bajara del coche y me explicó que me haría una prueba. Sacó una especie de boquilla, la liberó de su cobertura de celofán y la colocó en un medidor. Sople aquí, me dijo el hombre. Soplé, quedamente. Sople más fuerte, me animó el hombre. Soplé un poco más fuerte. Y esperé.

El hombre miraba el aparato, para luego verme a mí. Me preguntó si fumaba mucho. Le dije que no fumaba. Que no fumaba nada. Cuando MP se acercaba a mí --y yo me preparaba para entregarle mi cartera y las llaves del coche, el suyo estacionado más allá del retén--, el hombre me dijo que prosiguiera con mi camino. Y eso fue todo.

Pero no. No fue todo. Primero, me sentí humillado. Luego, me sentí ofendido, para inmediatamente después sentirme intimidado. ¿Qué había hecho yo que ameritara tal detención? ¿No habían cambiado las leyes ya y uno era inocente antes de ser culpable? Por lo visto, no.

Los retenes del alcoholímetro son una aberración disfrazada de un buen gesto para con los ciudadanos, a los que las autoridades dicen proteger. Pero no. A uno lo detienen gratuitamente y de manera groseramente selectiva. Lo detienen cuando viene conduciendo a menos de 10 kilómetros por hora, preso de la fila de coches que avanzan lentamente frente a uno, la hilera de conductores, culpables en potencia todos, que avanzan hacia las manos del inclemente y súbitamente manifestado juez de la ley.

Uno no ha mostrado indicio alguno de que ha bebido --o no-- alcohol. Uno no viene conduciendo a exceso de velocidad, no se ha subido a la banqueta, no ha dado una vuelta en sentido contrario, no ha hecho algu que demuestre que conduce bajo el influjo de sustancia alguna. No. Uno ha sido encerrado antes de cualquier cosa, incapaz de estacionar el coche y, dado el caso de que, en efecto, uno venga borracho, tomar conciencia del asunto y pedir un taxi para no atentar contra la vida de los demás.

Todo mal, pues. Y, curiosamente, hoy me mandan el vínculo al texto de Luis González de Alba del cual extraigo el epígrafe que abre esta entrada.

Todo mal. Y no hay visos de que la cosa vaya a mejorar.

¿Aquí nos tocó vivir? Así las cosas, me gustaría elegir otro lugar --Suecia acaso-- para cruzar el umbral de mi futuro más próximo, junto con MP y los nuestros.

24.8.09

La vigilancia elocuente

El otro día, como mencioné en la entrada anterior, MP y yo fuimos a ver la muestra de Antony Gormley en San Ildefonso. Era sábado, pasaba de la una de la tarde y había poca gente en el museo. Así las cosas, recorrimos la exposición a nuestras anchas. En una de las salas había una obra en el suelo. El guardián en turno nos dijo, antes de que cruzáramos el umbral, algo ininteligible: “La pieza está en el suelo y se recomienda que la pisen”; o bien, “La pieza está en el suelo y se recomienda que no la pisen”. Nos decidimos por esto último, temerosos acaso de que, al pasar sobre la pieza, se activara alguna alarma.

En la siguiente sala, otro guardián nos aguardaba, así de redundante como suena. Nos dijo (o nos previno): “Siéntanse libres de transitar entre la pieza. Si por accidente golpean una de sus partes, ésta regresará sola a su sitio.” Las partes en cuestión eran grupos de esferas, uno de ellos antropomórfico y al centro, otro de ellos con forma de perro; los demás, amorfos. Había, por allí, alguna esfera suelta, pero tampoco nos atrevimos a patearla “de manera accidental”. Desde mi punto de vista, nada hubiera hecho que cualquiera de las partes de la pieza regresara a su justo sitio si, por accidente, la golpeáramos. Como suele decirse: misterio.

Casi al final del recorrido, se nos advirtió que entraríamos a una sala oscura. Allí, en el suelo, había un rastro de pan encendido por un haz de luz. En la sala contigua, una estructura tridimensional, hecha con trazos-tramos de metal fosforescentes. ¿Transitar o no entre la pieza? MP se decidió por lo segundo y llegó al centro de la obra. Entonces, menudo susto, se encendió la luz de la sala. Pensamos, claro, que al cruzar el umbral último de la pieza, MP había activado un sensor que, de manera tan abrupta y luminosa, avisaría a los guardianes del museo de su transgresión. Pero no fue así. Pronto, la luz se apagó de nuevo, y la pieza brilló, la fosforescencia recargada, en todo su fastuoso esplendor.

Las últimas dos salas estaban dedicadas a la obra más “convencional” de Gormley: cuadros colocados sobre los muros. Junto al umbral de salida, había una cédula identificadora en la que podía leerse cómo se llamaba cada pieza. MP, inocente, colocó su dedo sobre la cédula. La voz del guardián no se hizo esperar, como si el dedo de MP se hubiera posado sobre alguna llaga en su cuerpo vigilante: “¡No toque la cédula!”, su advertencia.

Temerosos, salimos del recinto sacrosanto y entramos a la tienda del museo, en donde no supimos si tocar o no los libros que allí se nos ofrecían; y no encontramos guardián alguno que nos previniera, o no, de hacerlo.

23.8.09

39 años y dos semanas/13 semanas

1. Ayer fuimos, nuevamente, a hacerle una prueba a MP. Un ultrasonido detallado. La prueba duró 17 minutos y echó los mejores resultados: nada de qué preocuparse. Cualquier riesgo inicial, reducido. Todo en su justo sitio. 13 semanas de gestación. Casi siete centímetros de longitud. Bien formado por donde se le vea. Su corazón late 158 veces por minuto. Se mueve; mucho. Se chupa el dedo. Y hay un 70 por ciento de probabilidades de que sea...

2. Hecha la prueba, fuimos a San Ildefonso a ver la muestra de Antony Gormley. Sólo hasta el final (y anonadado), descubrí que ya conocía a Gormley desde hace casi 30 años. ¿Alguien recuerda lo siguiente?

Lamentablemente, no incluyeron la pieza anterior, Field, en la muestra, un viaje en el tiempo y al extinto Centro Cultural de Arte Contemporáneo, desde donde estas representaciones humanas nos observaron a mucho y nos levantaron el ánimo.

3. Finalmente, por la noche, fuimos a la Sala Nezahualcóyotl a ver el último concierto de la temporada de la OSM. Nunca había escuchado una pieza de Ligeti en vivo. Y debo decir que Carlos Prieto se lució en su dirección de Atmósferas. Luego siguió La mer, de Debussy, igualmente notable. Cerro con el percusivo Zarathustra de Strauss, que no es lo mío, pero tampoco estuvo mal. Y todo eso lo escucho, desde el útero, nuestra pequeña bestia.

15.8.09

39 años y una semana

La celebración llegó a su término, aunque la fiesta, la vida, continúe. Todo cambia. Todo permanece. Es sábado y MP y yo nos despertamos más temprano de lo habitual. Manejamos hacia las Lomas, dejamos el Sur profundo atrás, el Ajusco cada vez más pequeño en el breve marco del espejo retrovisor. Ya en Constituyentes, doy una vuelta equivocada --aún me confunden los nuevos pasos a desnivel--; recorremos un camino por el que no pasaba desde mi infancia, una bajada con curvas y muchos topes; somos como el agua que fluye a lo largo de una cañada, entre dos barrancos, el verdor imperante. Un respiro. Doy una vuelta en U y regresamos, ascendemos de nuevo hacia la civilización, hacia el inevitable concreto. Nuestro destino: el laboratorio del hospital ABC. Una prueba más. Más mililitros de MP son vertidos en pequeños tubos. De su sangre, se entiende. De su ser más mineral. Hambrientos, vamos a desayunar al Lorena. Scones. Hospital inglés, comida inglesa, humor inglés, hoy. Pero no es inglés el que canta, al que les dejo aquí abajo, hoy, ahora. Y así me siento... "This is the first day of my life...":

8.8.09

39

1. Treinta y nueve años, de pronto. Y nada más de pensarlo, la memoria se enciende --las magdalenas vienen disfrazadas de cualquier cosa-- y una canción comienza a sonar en mi cabeza: "Who Knows Where The Time Goes?", de Fairport Convention (aunque en voz de Matthew Sweet y Susanna Hoffs; ahora encuentro y escucho la original).

2. Ayer la/lo vimos: tiene 10 semanas y mide 3.2 centímetros. So far, so good. He allí los recuerdos del futuro. Y, ¿qué mejor regalo de cumpleaños que ese? (Otra canción comienza, y lo hace luego de que mi amigo Íñigo la sacara a colación: "The Passenger", de Iggy Pop.)

3. El año pasado, MP y yo amanecimos en Pie de la Cuesta. Mi regalo, esa mañana: una cámara, el repuesto de la que me robaron junto con el 90 por ciento de mis discos. (Aquí comienzan miles de canciones de manera simultánea: imposible registrar alguna desmarcada del flujo sonoro.)

4. Otros regalos adelantados, ayer: MP y yo fuimos a comer a El Mosaico y allí estaba nuestro héroe literario HM, siempre sonriente. Lo saludamos. Me dijo que parecía hippie. (De manera deliberada, abro el iTunes y busco "Déjà Vu", de Crosby, Stills, Nash & Young.)

5. Más regalos adelantados, ayer: antes de comer, MP y yo pasamos a las oficinas de mi editorial a saludar a mi espléndida editora (salimos de allí llenos de abrazos y de libros). De pronto, apareció nuestra querida amiga V, también con su propio pasajero a bordo. (Por algún extraño motivo, el capricho de las magdalenas, supongo, ahora suena una mezcla de muchas canciones de The Beatles. Se desmarcan del flujo sonoro "Eleanor Rigby", "Blackbird", "Here Comes The Sun".)

6. No, no escribiré 39 subentradas. Una canción más, eso sí: "The Sounds of Silence", de Simon and Garfunkel. En vivo. En Central Park. 19 de septiembre de 1981. "Hello darkness, my old friend..." (No encuentro esa versión, pero les dejo ésta, acá abajo.)

6.8.09

La clase/Entre les murs

A caballo entre la ficción y la realidad, La clase (Entre les murs) documenta el transcurso de los nueve meses que dura el grado quatrième de un grupo multicultural de estudiantes parisinos —el equivalente de nuestro segundo de secundaria, compuesto por adolescentes en su fase más conflictiva: entre los 13 y los 15 años—, bajo la batuta y el yerro de su maestro de francés y tutor grupal François Marin. Basado en la evidente realidad, el filme dirigido por Laurent Cantet es el registro visual de la experiencia vivida y trasladada a un libro por el maestro François Bégaudeau, quien insufla de vida al maestro Marin en la pantalla, en compañía de varios de sus alumnos verdaderos encarnados en sí mismos. (Para leer la nota entera, entra aquí.)

29.7.09

Champagne



Lo anterior es el segmento "Champagne" de Coffee and Cigarettes (2003) de Jim Jarmusch, director al que entrevistaré en poco menos de dos horas. Aún no puedo decir nada de su película más reciente, The Limits of Control, salvo que es notable, un gran ejercicio metafísico sobre los alcances y el poder de la imaginación, el arte. ¿Estoy nervioso? Sí. Así que mejor escucho lo que sigue (escucho, dije: ignoren las imágenes... o no):

22.7.09

Vacío

Una de mis primeras experiencias cinematográficas la tuve en casa de mis padres, proyectada en una pantalla colocada en el muro de la sala, una sala redonda que siempre quise que se convirtiera en alberca. Allí, una tarde, Jomi García Ascot y María Luisa Elio –los dedicados de Cien años de soledad– nos llevaron la luz de En el balcón vacío (1961), a más de tres lustros de su filmación (él la dirigió; ella la escribió; en la película aparecen las hermanas Ana y Alicia García Bergua, a las que muchos años después conocería y leería, sobre todo a la primera, cuya novela El umbral. Travels and Adventures nunca dejo de recomendar). Fue una experiencia por demás epifánica que me hizo, desde entonces, amar el cine. Hoy, lejos de todo, leo una noticia triste: murió María Luisa, el 18 de julio. (Y un día antes, murió Ulalume González de León –presencia y parte fundamental de Plural y Vuelta–, a la que no conocí pero de la que sí estuve, por así decirlo, cerca. Hay que leer también a su madre, la poeta uruguaya Sara de Ibañez.) Vacío, de pronto. Esperemos, pues, los homenajes, ¿no?

16.7.09

Ingravidez

1. Hoy, hace 40 años, el Apolo 11 despegó y dejó atrás la Tierra. Un par de años antes, en Estados Unidos se vivía el psicodélico y liberador Summer of love, cuyo fuego se apagaría, poco menos de un año después, con los asesinatos tanto de MLK como de Bobby Kennedy. El Imperio cerró la década con un viaje a la Luna, dejando atrás a los soviéticos en la carrera espacial, mientras la Guerra Fría aún se libraba. El lunes recordaremos el alunizaje. The Eagle has landed. Y las famosas, ingrávidas palabras de Neil Armstrong, piedra angular de los astronautas: "That's one small step for a man, one giant leap for mankind", es decir, "Éste es el pequeño paso de un hombre, un gran salto para la humanidad". 20 de julio de 1969. Ese día yo aún no había sido concebido. Sin embargo, en el cuarto que ocuparía, un año y 18 días después –más dos meses de vacío: no llegué al seno familiar sino luego de una estancia en el hospital, primero en una incubadora, luego a cargo de una nodriza–, mi padre había colocado un afiche de la Luna y sus sendas caras, mismas que seguramente miré apenas abrí los ojos la primera mañana que amanecí allí, en esa casa en la que ellos aún viven. Pienso en esto y la palabra "ingravidez" lo ocupa todo. Sí. Allí, en ese cuarto que aún existe pero en donde la Luna ya no cuelga de sus muros, yo alunicé. Arribé al compacto satélite que es mi familia. 40 años, pronto. Pero antes de eso, otro alunizaje tendrá lugar, luego de nueve meses de ingravidez. Pero no digo nada.

14.7.09

La altura de Patricia Highsmith

Leo, con placer incomensurable, The Talented Mr. Ripley (1955), primera entrega de la famosa pentalogía de Patricia Highsmith (Fort Worth, Texas, 1921-Locarno, Suiza, 1995), en una hermosa reedición de Norton. La novela ocurre en un distante año del siglo pasado, el cada vez más difuminado XX, y, aun así, la narración no se siente fechada. Todo lo contrario. Ripley trasciende su época: es el gran trepador, la monolítica sanguijuela, el sociópata que recurre a la usurpación y el engaño para plantar su inextinguible semilla. Psicológicas en su alcance, las novelas de Highsmith son una contundente lección de estilo: claridad y ausencia de paja. Recuerdo mi añeja lectura de la raramente traducida El amigo americano (es decir, Ripley's Game), edición de Anagrama con un verde Dennis Hopper en la portada, taco de billar en mano... Rara elección de imagen, también, procedente de la película homónima de Wim Wenders, que también vi y, lo confieso, no recuerdo (mucho de Wenders se olvida, no soporta el paso del tiempo); recuerdo mucha confusión. Y ansío releerla, ahora, en su versión original. Pero me adelanto en el tiempo. Aún leo la primera entrega, alcanzo la primera mitad: el contra-protagonista ha muerto, asesinado por Ripley, dueño del nombre y la personalidad de Dickie, golpeado con un remo, lanzado al mar. ¿Vieron la película? Olviden a los actores que insuflaron de vida a las creaturas de Highsmith: nada que ver, me temo. Pero no digo nada. Me voy a leer. A desentrañar la altura narrativa de una de las mejores escritoras noire de la literatura.

6.7.09

Same old scene (Lecciones de un domingo electoral mexicano)

Bien, ya votaron. Algunos de ustedes fueron fieles a sus convicciones partidistas. Otros tantos, castigaron a Calderón y votaron por cualquier otro partido que no fuera el azul. Unos más, se equivocaron, tacharon doble y, sin querer, anularon su voto. Los menos, o los mismos que los anteriores, anularon su voto con la convicción de quien lidia con la ilusión de un Miura en el ruedo. Finalmente, la gran mayoría venció con su actitud abstencionista: algunos se desentendieron del voto, otros muchos fueron abatidos por la pereza, muchos, no lo dudo, estaban de viaje y, el resto, decidió que las instituciones democráticas mexicanas ya caducaron y no vale la pena atenderlas desde adentro, sino desde el margen. Si sumamos a los anulacionistas, por error o por convicción, y a los abstencionistas, tenemos más de un 60 por ciento de fantasmas en el Congreso, es decir, a cada diputado le corresponde una sombra y media de representación. Así las cosas, uno esperaría que los diputados ganaran un 60 por ciento menos de sueldo y tuvieran un 60 por ciento menos de choferes, celulares, bonos y demás regalías-prestaciones por servir a un país que se niega a (votar para) ser gobernado. Ahora bien, la lista de perdedores:

1. Perdió el PSD y la candidez pequeñoburguesa. Lamentablemente, el partido anulado --ojo: no el tachado de la lista por los anulacionistas, sino por los designios del COFIPE-- no supo trasponer el umbral de los votantes bienpensantes de la clase acomodada mexicana. Su plataforma era notable, pero mal comunicada. Hay que ver más allá del corredor Condesa-Roma-Polanco, me temo. Sin embargo, allí está el precedente: uno esperaría que la tercera fuerza que necesitamos se nutra, y aprenda, del mal trago del PSD.

2. Perdió, y no sé por qué lo pongo en segundo lugar, el presidente y los que votaron para ayudarlo en sus guerras fácticas y morales, ay, Dios. Calderón ha perdido aún más legitimidad y, a su pesar, afloja cada día más las riendas del Estado casi fallido que no parece conducir a parte alguna. Es, me temo, hora de pactar con los grandes ganadores de la contienda: el PRI que regresó al poder luego de caminar, apaciblemente, a contracorriente, y la sanguijuela-lapa que se le pegó para darle una mayoría absoluta en el Congreso, el infame PVM, que se llevó casi un ocho por ciento del voto luego de su llamado a la pena de muerte, los vales para medicinas y las clases de computación e inglés, gran proyecto para el cambio nacional.

3. A pesar de que en apariencia perdió, en el fondo el PRD-PT-Convergencia (sí, así de tripartita como suena) se llevó una especie de premio de consolación: la absoluta caída en cuenta de que para ser una tercera fuerza hace falta encaminar a Jesús Ortega por los caminos del azul y vencido Germán --o mandarlo aún más lejos, allende la chingada--, para luego así restaurarse y erigir el cuadrilatero sobre el cual AMLO y Ebrard se romperán el hocico para ver quién queda al frente, y, así, llegar hechos trizas a las elecciones del 2012, para cederle el trono, nuevamente, al PRI. ¿O no? Premio de consolación, dije. Bórrese lo anterior, téngase buena fe, créase que la izquierda puede reformarse y tiene cabida en un país en el que lo mejor sería la cohabitación, la existencia de dos fuerzas verdaderas, liberales y conservadores, y no las medias tintas que, en el corto plazo desde el 2000, no nos han traído a parte alguna, más que a la tierra de los degollados e influenzados. (En una corrección a esta entrada, descubro que me olvidé de mencionar al PANAL. Lo menciono para no dejar.)

4. Regresemos con las sombras de la elección, entre anulacionistas, individuos proclives a la errata y los abstencionistas de cajón. ¿Y si se hiciera un grupo de presión civil que, a manera de gobierno sombra, siguiera de cerca a cada uno de los cabrones que, ayer, se llevaron el gran hueso de nuestra politiquita nacional? Tres contra uno (de menos dos, o uno y medio). Seguir, vigilar, presionar. Gobernar desde el margen hacia el centro. ¿Qué no están allí esos millonarios en potencia para representarnos, para atender nuestras demandas, para llevar las leyes que deseamos a ser aprobadas? Sean buenos vecinos: apréndanse de memoria el nombre y el teléfono --la dirección electrónica también-- del diputado que le corresponde a su distrito y atosíguenlo para que les sirva bien. ¿O no a ustedes también les gustaría ganar más de 150 mil pesos al mes, exentos de ISR?

Ya pasó ayer. Ya pasó la fiebre del cambio. Anulacionistas: obtuvieron su registro. Ahora, actuen en consencuencia. Y despierten a los abstencionistas. ¿O qué no 60 es más que 40?

PS. Una más, a manera de colofón: que no les sorprenda el regreso del PRI al poder. ¡Larga vida a los huipiles coloridos, a la bandera tricolor, al nacionalismo exacerbado! Señores, por favor: piensen en el largo plazo, no en el mediano, menos aún en el corto (aunque sea el favorito de los cortos de vista, opinionistas et. al., adictos y reclusos de la coyuntura): quizás el PRI, hoy, sea el menor de los males; mañana, claro, será otra cosa. Habrá que saber cómo soltarle el meteorito a los dinosaurios, tan renegados a la extinción. Aunque, hoy, quizá sea mejor esa piedra en el zapato que un zapato azul una talla menor de la necesaria para que este país salga del atolladero y, por fin, camine. Largo plazo, pues: pensar desde la avanzada, no desde la retaguardia. Eso.

Hoy les dejo una joyita de Roxy Music: "Same Old Scene" (escúchese con atención el bajo):

30.6.09

(Pesa)Días electorales, última

Para mí, todo se reduce a esto: ¿acudir o no a las urnas? De acudir, anularía mi voto. Sin embargo, no creo en las instituciones ni en su llamado a la democracia. No creo en el voto. Aun así, celebro el movimiento de anulación. ¿Sabían que, entre menos votos tenga un partido, menor será su presupuesto (por parte, claro, del erario público: nuestros impuestos al servicio de los hueseros del poder)? Y la anulación "masiva" (tan numerosa como se pueda) deja algo en evidencia, lo que más detestan los políticos y la clase gobernante: la pérdida de legitimidad. De paso, nos desharíamos de varios partiditos de poca monta (desgraciadamente, para anular al más dañino de todos los partidos sanguijuela, el nada honroso PV, otro tendría que ser el camino para acabar con su molesta presencia descerebrada); pero ése no es el mal mayor. El mal mayor es el sistema que tantas veces ha apelado a nuestra ignorancia. A nuestro voto temeroso. A nuestra cándida esperanza de cambio, esa ilusión colosal. ¿Nihilista? Tal vez. Pero prefiero esta postura a la de los dinosaurios de la intelectualidad mexicana, que moralizan lo que no les gusta y argumentan con su pluma de opinionistas macarrónicos (me tengo prohibido mentar el nombre del peor de todos, pero es amigo de Vargas Llosa y le teme a los caudillos latinoamericanos, a los que combate desde la ultraderecha disfrazada de liberalismo bienpensante y políticamente correcto, ya saben quién). A final de cuentas, lo más importante es lo que ocurra después del 5 de julio: ¿se mantendrá la animosa cohesión de los anulantes? Creo que todo consiste en elegir, más allá de las urnas, a diputados sombra. A vigilantes de la función pública. De lo vecinal a lo delegacional. Y así. ¿Soñar no cuesta nada? Es probable. Es probable, también, que los que detentan el poder se sepan amenazados por la sociedad civil y su creciente descontento. La pregunta importante no es qué ocurrirá el 5 de julio, sino lo que acontecerá más allá de dicho domingo. Quizás, por fin, una nueva generación mudará de piel, esa piel impuesta, momificada, que soltaron el PRI y el PAN luego de sus tantas décadas agregadas en el poder. Tal vez no pase nada. Mejor escuchemos a Spiritualized:

24.6.09

Encuentros cercanos de todo tipo

Aquí una convergencia:

Cassez, capturada.

Dreyfuss, cautivado.

Encuentros cercanos de todo tipo, con cualquier cosa. O bien: cada quien su montaña. [Esta convergencia va dedicada a mi mentor, el gurú de la convergencia, Guillermo.]

19.6.09

Gena Rowlands

Hoy, hace 79 años, nació Gena Rowlands en Madison, Wisconsin. La primera vez que la vi en la pantalla quedé apabullado. Fue en 1989 --¡hace 20 años!--, durante no sé qué emisión de la Muestra Internacional de Cine --en el programa también estuvo sex, lies and videotape (1989), de Steven Soderbergh, que me cambió el modo de ver las cosas--, en el Latino, durante la proyección de Another Woman (1988), mi película favorita de Woody Allen. Gracias a esa película descubrí, además, el "Torso arcaico de Apolo", de R. M. Rilke ("Debes cambiar tu vida"). Y me emocioné con el personaje encarnado por Gene Hackman, el escritor Larry Lewis. Pero volvamos con Gena. No conozco otra actriz que me impresione tanto. Y me resultó doloroso verla en la película de su hijo Nick Cassavetes, The Notebook (2004), dándole vida a una mujer que sufre de un Alzheimer atroz (además de que la película es una tierna bofetada a todos los que, ay, dejamos de ser, lo que se dice, jóvenes). Pero lo que me terminó de dejar boquiabierto, claro, fue ver a Gena Rowlands en las películas de su marido, John Cassavetes (muerto hace 20 años, en 1989, el mismo año en el que descubrí a su Gena). A Woman Under the Influence (1974) es una obra maestra en todos los sentidos, desde el actoral --Rowlands en mancuerna con Peter Falk: colosales-- hasta el argumental, pasando por el técnico y el visionario: Cassavetes era inmenso. Seis años antes había dirigido a Gena en Faces (1968), piedra angular del cine independiente estadounidense, un retrato abrumador de madurez y decadencia doméstica, genial sin más. Y Gena, siempre Gena, una reina de la pantalla. Dice John Cassavetes de Gena, en Cassavetes on Cassavetes (Nueva York: Faber and Faber, 2001), de Ray Carney:
Before I met Gena, I was a bachelor going out and torturing people. I think that's good for young people. When I saw her, that was it! The first time I saw her, I was with an actor, John Ericson, and I said, "That's the girl I'm going to marry.

From my point of view, if I was going to give up my precious self to a woman, she was going to have to love me unconditionally. I kept Gena under constant scrutiny, I was enormously jealous, filled with suspicion about other men and with the terror that those suspicions might be correct, She wouldn't put up with that, And finally I relaxed.

It was a hard struggle to convince Gena. She and I have friction in terms of lifestyle and taste. We agree in taste on absolutely nothing. She thinks opposite to anything I could ever conceive!
Gena y John se casaron el 19 de marzo de 1954. Tuvieron tres hijos: Nick, Alexandra y Zoe. Y estuvieron juntos hasta la muerte de él, el 3 de febrero de 1989, a 30 años del estreno de Faces (1959), su opera prima que este año cumple medio siglo de existencia.

¿Qué más decir? Nada. No queda más que contemplar a Gena.


(Más en 40 años de Woody Allen como director en Permanencia Voluntaria de Nexos.)

17.6.09

Checklist o de Wallander a Salander

Quería escribir sobre la propaganda electoral y la estupidez --también la escasa inteligencia--, pero se me cruzaron un cierre editorial --del que aún no salgo--, la redacción de un informe --que aún no emprendo-- y la lectura de los manuscritos que se manifestaron en mi casa al otro día. Todo esto debo acabarlo entre hoy y el 17 de julio: un mes exacto para palomear los items de mi checklist. Tengo, muy probablemente, muchas otras cosas que hacer, pero ahora no las recuerdo. O prefiero no hacerlo. Billie está embarazada. Leo a Stieg Larsson (paso de Wallander a Salander); no está mal su trilogía de Millenium, aunque extraño al viejo Kurt. Lidio con dos hilos narrativos a la vez. Luego tres. Y ahora sí que así las cosas.

12.6.09

Wallander, fin

Ayer terminé de leer Innan frosten (Antes de que hiele, 2002), la última entrega de Henning Mankell en la que aparece Kurt Wallander, aunque ahora con su hija Linda como protagonista y punto de vista del inspector. El libro es bastante menor que los anteriores, aunque no deja de ser gratificante ver a Wallander desde afuera. Pero no digo nada. Estoy de luto. E intento leer al otro sueco, Stieg Larsson --me siento infiel--, aunque es todo muy distinto. Adiós a estos largos meses wallanderianos, farewell. Joe duerme a mi lado. Al lado de Joe, 30 manuscritos que se manifestaron en mi casa. Debo leerlos todos. ¿Habrá un Wallander entre ellos? Wishful thinking.

8.6.09

Días electorales, 1 (Diario de locos)

La última vez que escuché hablar a Jacobo Zabludovsky fue el 23 de marzo de 1994, luego de enterarme, en un Macrovideocentro de Interlomas, del atentado en el que perdió la vida el entonces candidato presidencial por parte del PRI, Luis Donaldo Colosio, el dedazo incómodo del tapabocas Carlos Salinas de Gortari. Ya en casa, encendí la televisión y me quedé pegado a la pantalla, en espera de la confirmación de lo ocurrido y de la inevitable muerte de Colosio, baleado en Lomas Taurinas, Tijuana. Zabludovsky estaba en el DF y la enviada de su noticiero --y de Televisa, claro está-- era Talina Fernández. De todo lo dicho y visto, recuerdo una sola cosa: la desesperación del informador, cuando le dijo a la reportera, a la que no dejaban trasponer cierto umbral --el umbral último-- del hospital en donde atendían al candidato: "Diles que te dejen entrar, Talina, ¡diles que digo yo que te dejen entrar!" Me sorprendió la conciencia de autoridad que tenía de sí mismo Zabludovsky, la orden dada no a la reportera sino al Estado Mayor Presidencial --supongo-- y a otras instancias de alto poder federal y estatal. Pero no dejaron que Talina entrara a ese espacio del hospital donde se atendía a Colosio y Zabludovsky mostró una notoria frustración, limitado su poder mediático.

Hoy, a 15 años de dicho evento, encendí la radio de regreso del trabajo --nunca lo hago: escucho música en lugar de noticieros y, peor aún, opinionistas; por algún motivo, me había cansado de la voz de Johnny Hartman, al que escuchaba sin tregua desde mi camino de ida a Santa Fe, por la mañana-- y escuché una voz, por demás familiar, que en un lenguaje casi soez nos invitaba a desatender las estupideces de no sé quién y acudir a las casillas a anular nuestro voto, lo mismo que él estaba ya decidido a hacer. Era, sí, Jacobo Zabludovsky el que hablaba, el que, de manera sugerente y no del todo sutil, nos "ordenaba" que tacháramos la integridad de nuestra boleta electoral.

Ignoro la inclinación partidista de Zabludovsky, pero algo me quedó claro: si él se suma a la campaña de anulación del voto, es que alguien muy poderoso --al que sirve él o del que se sirve él-- le pidió que así lo hiciera, con su autoritaria voz mediática, capaz de despertar la memoria de muchos. Más tarde, me enteré, a través de mi amigo A., de que Zabludovsky había publicado una columna sobre el mismo tema en El Universal de hoy, lunes. Esto, luego de que, por la mañana, el mismo A. me enviara un correo con un texto que explicaba lo que podía acontecer si un porcentaje alto de votantes anulaba su boleta: los pequeños partidos, esa gran molestia, perderían su registro, además de que habría problemas en la designación de candidatos y no sé qué otras cosas previstas por la ley. Me sorprendió, claro, enterarme de que la ley --las leyes de la democracia sobre sí misma-- preveía la posibilidad de la anulación del voto a gran escala y que existían medidas al respecto. Pero eso, por ahora, es harina de otro costal. Aquí, algunas de las palabras de Zabludovsky, el tramo final de su columna:
El voto en blanco, que en la última novelita de Saramago da lugar a una crisis más grave que la del ensayo de la ceguera, tiene una rendija peligrosa: nadie garantiza que una mano negra no rellene los huecos. Ya lo sé, representantes de todos los partidos vigilan la limpieza del procedimiento. Sí, pero son los que están contra la protesta, quieren que nada cambie, que el voto sea en favor de sus designados y no contra el sistema creado por ellos mismos. El voto en blanco es la iglesia en manos de Lutero. La ocasión hace al ladrón. De todos modos, los votos en blanco serán anulados. Y por lo tanto, contarán como nulos.

Por eso es mejor el tachón. Rayas cruzadas, atravesadas, engarzadas, curvas o rectas, que no dejen lugar a dudas sobre la intención del votante. Obsérvese que no es una abstención. Es un voto, una manera legal, porque no está prohibida, de votar. Es un voto que expresa una voluntad de influir para cambiar. Lo declararán nulo. De eso se trata. La declaración será certificado de nacimiento de una manifestación que, por pequeña que sea, nadie podrá ignorar. Constará en las actas. Votamos. Somos los del voto nulo. No tenemos pastor y no somos corderos. Somos los vecinos del 19 de septiembre de 1985.

Los poderes políticos y fácticos sienten pasos en la azotea. Presienten que más que un voto anulado es una especie de inesperado plebiscito. No hay manera de anular el voto nulo.

Defender el derecho de elegir libremente a sus gobernantes, es el propósito concreto de una población amorfa, vaga, pero tan real como su unión solidaria en un ágora de chips y .com.

Viene una contraofensiva. La gaceta religiosa dijo que la anulación es una actitud antidemocrática. Que debemos votar por candidatos. Representantes de sindicatos afines, líderes charros, gremios empresariales, intelectuales domésticos y artistas exclusivos expresarán su asco al voto nulo. Desde las telenovelas hasta los juegos de futbol se usarán para convencer al público del peligro de la anulación que pone en riesgo a la patria.

Pero no se le puede poner puertas al campo. La primavera ha venido, nadie sabe como ha sido. Sí se sabe, don Antonio: ha llegado por internet.

Y no se deje equivocar: anular es votar, no para matar a la democracia, sino para fortalecerla. Para anular lo que la agrede.

Es una forma de darle contenido a una mentada de madre.

Palabras de pronto crípticas y altisonantes --aunque rayanas en el necesario lugar común del lector promedio, supongo--, las de Zabludovsky, pero más que nada palabras autoritarias del que algo sabe que nosotros no.

Pero yo sigo en lo mismo: anular el voto es validar el sistema, mismo que contempla la anulación del voto. Mi idea es trascender ese sistema: anularlo. Ignorarlo. O atacarlo por la retaguardia. O en la avanzada, como el buen anarca. Pero hay que estar despiertos para hacerlo, no aletargados por las mismas cantaletas de siempre, se disfracen de rebeldía y alta moralidad o de la habitual corrupción y dejadez. Algo así.

[La nota entera de Jacobo Zabludovsky aquí.]

7.6.09

Domingo

Hace calor. Bochorno. Afuera, el sol. Los rosales desgarbados. Mina que ladra y luego se echa, un rugido aún en la garganta. Joe y Billie comparten territorio, juegan. MP y yo ante sendas MacBooks. Ayer fuimos al centro. Vimos los cuadros de Tamara de Lempicka. Hay algunos, muy pocos, notables. Y yo no podía dejar de pensar en las portadas de las novelas de Manuel Puig, antes de que decidieran sustituir los cuadros de la polaca con fotogramas de viejas películas y estrellas de Hollywood, Rita Hayworth, Greta Garbo y demás. Las novelas, creo, no tenían nada que ver con los cuadros. Pero el diseño editorial era magnífico. Y la mancuerna funcionaba. Me recuerdo leyendo Sangre de amor correspondido (1982), comprendiendo algo sobre la narrativa, no recuerdo qué. La curiosidad me mata, pero no encuentro el libro. Seguramente lo regalé, como me sucede con los libros que me gustan. Lo buscaré en una librería de viejo, a ver si encuentro esa vieja edición que tenía, con Adán y Eva (1932) de Lempicka en la portada. El cuadro, ese cuadro, no estaba en Bellas Artes. Lo mejor fue la comida, aunque se habían acabado tanto el gazpacho (lo que yo quería) y los pulpos en escabeche (lo que MP quería). En su lugar, compartimos un timbal de nopales y una tártara de dos salmones, bastante buenos ambos platillos. De fuerte, unos ñoquis de espinaca (yo: exiguos, pero exquisitos) y una pasta con hongos caramelizados (MP). El café, Illy, perfecto. Un panqué de elote y un pastel de chocolate intenso, de postre, decorosos. La compañía de mi querido amigo R., venido de León, muy amena, aunque corta. Pero eso fue ayer. Hoy es domingo. Hace calor. Bochorno. Etcétera.

2.6.09

Peras y/o manzanas

Ante la amenaza del abstencionismo, se llama a anular el voto, a participar en la contienda a pesar de que los partidos hayan perdido crédito y credibilidad. Más allá de la fuente de dicha campaña y de los fines que, tal vez subrepticiamente, persiga, vale la pena reflexionar sobre un par de puntos. ¿Qué significa acudir a las urnas y cruzar, entera, la planilla? En suma, anular el voto significa que uno cree en el sistema que enarbola la democracia, si bien no se siente representado por partido alguno ni, menos aún, por los candidatos lanzados a la oferta electoral, ya sea corredoras, opinionistas, escritoras de best-seller, camaleones políticos, novatos o cualquiera de los sospechosos comunes que no se cansan de mostrar sus rostros anudados a un poste de luz (o, peor aún, de teléfono). Anular el voto, pues, quiere decir que uno confía en las instituciones que han convocado a las elecciones y que, además, han canalizado recursos a los partidos y candidatos a los que, al cruzar la boleta, se desprecia. Así las cosas, anular el voto es un acto ridículo, lo mismo que es ridícula la supuesta y enraizada democracia mexicana, el cambio que, me temo, nunca se consumó, aunque en el 2000 se daba por sentado. No cambio de partido en el poder, sino cambio quintaesencial de la dinámica política nacional y de la democracia que tanto se celebra. Eso, me temo, no ha sucedido. Ahora bien, ¿qué significa no acudir a las casillas? No votar, como opción, significa que no se está de acuerdo con el sistema que nos pide tener confianza en el voto, el mismo sistema que, sea por el motivo que sea, nos dice que tenemos, como opción, anular el voto. No votar es el único acto de resistencia posible ante el fracaso institucional que se ha concentrado más en promover la “transparencia” y la valentía, que en refundarse.

1.6.09

Billie

¿Cómo resistirse a Billie? Ayer, cuando llegamos a casa de mis padres, llovía. Protegidos por los rosales y la hiedra, cuatro gatos nos observaban. A una ya la había visto --una gata bajo la lluvia, pienso ahora, con fondo musical de la Durcal--; la acompañaban dos de sus crías, blanca y negra. A Billie, que al principio se llamó Dominga, luego Dodó, era la primera vez que la encontraba. De los cuatro, ella fue la única que se acercó a nosotros. La metimos a la casa. Y el resto es historia. MP y yo adoptamos a Billie. El que áun no sabe cómo relacionarse con ella es Joe, nuestro coloso. Macho, es un gato para siempre niño, el dueño de la casa. Sin embargo, ante Billie se aplaca: no sabe cómo relacionarse con una hembra tres veces más pequeña que él. Y que ruge. Paciencia y silencio, supongo, es lo que hará falta.

30.5.09

A place called home

Hace nueve años comencé a pergeñar lo que, en 2005, se publicó como La piel muerta, mi primera novela. Conocía bien a uno de los personajes, Bruno, concebido mucho tiempo atrás, en un breve, inacabado relato. Bruno: un ser de oscuridad. Bruno y María. Puerto Trinidad, el terruño de mis personajes, se manifestó en mi imaginario en 1999, hacia el otoño, cuando vivía en una casa de campo en las afueras de la ciudad de México. Luego de un mes de encierro durante el que sólo atiné a leer The Wind-up Bird Chronicle, de Haruki Murakami, conseguí sentarme a escribir. Cien cuartillas fallidas, el resultado. Y una mudanza a Londres, en donde cumplí 30 años y viví dos. Londres regresa a mí como una ola, la marea despaciosa de un mar de memoria. Si regresa ahora es porque, ahora que apareció La Tempestad 66 con mi "Historia natural de una vida en Londres" entre sus páginas, la caja de Pandora del recuerdo se abrió en mí. En esas andaba cuando, platicando con mi amigo R., un gran escritor uruguayo, salieron al tema Nick Cave y Polly Jean Harvey, cantautores que, alguna vez, fueron pareja. Buscando imágenes de ambos en la red, di con la que abre esta entrada. Y me recordé, en Londres, escuchando No More Shall We Part (2001), de Nick Cave and the Bad Seeds, y Stories from the City, Stories from the Sea (2000), de PJ Harvey, aislado en mi pequeño cuarto de pocos metros cuadrados, la lluvia cayendo afuera, luz en la oscuridad. Y todo esto como excusa para subir esa foto, Nick y Polly, brillantes en su opacidad.

29.5.09

La Tempestad 66, 11 años

La Tempestad, que no puede ser otra sino la mejor revista cultural --más particularmente: de artes-- que circula en nuestro país, cumple 11 años y llega a su número 66: casi La Bestia. Para celebrar, un par de dossiers engalanan a la publicación: "Formas de habitar" y "Lecturas de Thomas Bernhard a 20 años de su muerte". No sólo eso: la revista ha cambiado de papel, desde el número pasado, y luce inmejorable: bond blanco, mate a más no poder, en los contenidos principales; bond reciclado, beige ardilla, en el Cuaderno para invenciones. Y como es habitual, una serie amplia y varipointa de colaboradores, desde Hugo Gola hasta Fausto Alzati, pasando por Sergio González Rodríguez, MP, Miguel Sáenz, el propio Bernhard, César Albarrán, Juan Carlos Reyna, el propio Nicolás Cabral, director editorial de la revista... Y nada más estoy mencionando una porción del iceberg, porque enlistar a todos me llevaría la mañana entera. Y bueno, también yo colaboro, felizmente, con un adelanto de mi Historia natural de una vida en Londres, narración orgánica en progreso. En fin: corran por La Tempestad 66 --la portada de aquí abajo es la que los deslumbrará--, su ejemplar los espera en ya saben dónde y demás locales cerrados. ¡Y a celebrar!

26.5.09

Wallander, fin de ciclo, más Morábito y Canetti

1. Hace 10 años apareció en Suecia Pyramiden (La pirámide, 1999), una serie de cinco relatos --tres breves, dos amplios-- en los que el protagonista es el inspector Kurt Wallander, desde que era un policía de a pie en las calles de Malmö --antes de mudarse a Ystad; ambas localidades están en Escania, región sueca cercana al continente y a Dinamarca-- y hasta el invierno previo al caso que lo ocupa en Mördare utan ansikte (Asesinos sin rostro, 1991), piedra fundacional wallanderiana. Con la lectura del primero, llego al final de mi encuentro con Wallander: hay nuevos libros en mi horizonte. También leí, claro, Brandvägg (Cortafuegos, 1998), última novela en forma en la que el inspector es protagonista y en la que se abre un asomo a su futuro incierto: Wallander está harto de todo y cada vez más desconcertado por el estado de las cosas en Suecia, país prometedor que, de pronto, parece haber sido vencido por los peores derroteros del crimen globalizado. Pero no digo nada. Estoy triste. Me queda, sin embargo, una lectura wallanderiana más: Innan frosten (Antes de que hiele, 2002), novela protagonizada por Linda, la hija de Wallander, y en la que el inspector hace una nueva aparición. Pero, no engañarse, es un libro ajeno a la serie original de nueve libros, libros que yacen en mi pasado más inmediato. No más Wallander. Larga vida a Wallander. Y a lo que sigue.

2. Leí Emilio, los chistes y la muerte (Barcelona: Anagrama, 2009), primera novela del cuentista consumado que es nuestro Fabio Morábito (Alejandría, 1955), pronta a aparecer en las mesas de novedades de las librerías más cercanas a ustedes que viven en México (en la edición mexicana de Colofón). No diré todo lo que quiero decir, pues preparo un ensayo sobre primeras novelas aparecidas en los últimos dos años en México, pero baste con que sepan que se trata de un libro bueno y sorpresivo: el cambio de aliento de Morábito es encarado con gracia total, una narración dotada de una prosa impoluta y una atmósfera enrarecida y más que lograda. En suma, una novela de alcance mitológico y de una lúcida realidad carnal. ¿Que no digo nada? No digo nada, aunque sea superlativo: celebro la aparición del Emilio de Fabio y los conmino a leerlo.

3. Comienzo a leer, embrutecido, el Auto de fe (Die Blendung, 1936) de Elías Canetti (Rustschuk, 1905-Zurich, 1994). Y nada. Un libro que emprendo en el momento preciso.

24.5.09

Morandi/Jusidman: un diálogo

Ayer fuimos al MAM a ver la retrospectiva Pintura en obra/Paintworks de Yishai Jusidman (México, 1963), una de las mejores exposiciones en lo que va del año. De todo, lo qué más me gustó fue la serie En tratamiento, en donde Jusidman dialoga, por un lado, con el pintor boloñés Giorgio Morandi (1890-1964) y su autorretrato de 1925, así como con una muestra variopinta de cuadros de otros pintores, reproducidos en libros abiertos sobre el regazo de enfermos mentales. Por un lado, el aspecto técnico: Jusidman domina su paleta y el trazo en el lienzo, como salido de la mejor tradición pictórica; por el otro, el sino conceptual de la obra: el diálogo del artista con la tradición, así como la dialéctica cuadro-creador; finalmente, la propuesta: el traslado del ego a una colección variopinta de pacientes, todos nombrados con iniciales, que le hacen eco a Morandi, a Morandi en el regazo y en la mirada de Jusidman, así como a los artistas elegidos. Ahora bien, la evidencia del ingenio de nuestro artista.

Prueba 1: Morandi por Morandi, en su Autorretrato de 1925:


En el cuadro vemos al pintor sentado sobre un banco, la paleta en el regazo. El espectador no es otra cosa sino el lienzo que el artista pinta: el punto de vista elegido. Así, Morandi reflexiona/ilustra el proceso creativo desde la propia obra en curso, no desde la obra terminada, concluida. La mirada inacabada del espectador, el lienzo inconcluso, desde el autorretrado acabado.

Prueba 2: El autorretrato de Jusidman --no registré el año de creación, pero creo que es de circa 1998, como la serie que nos ocupa, aunque puede ser mucho anterior, ya que la obsesión-identificación de Jusidman con Morandi es añeja--, con la reproducción del Autorretrato (1925) de Morandi en el regazo:

A diferencia del Morandi autorretratado, el Jusidman que se pinta no lleva una paleta y un pincel en la mano derecha, sino un lápiz, junto a una reproducción del Autorretrato de Morandi de 1925. Es decir: la paleta es el propio cuadro emulado. Y nosotros, espectadores, somos el lienzo que observa a ambos pintores: un espejo dentro de un espejo dentro de otro espejo. Nuestra mirada, pues, es trasladada al lienzo original y ausente de 1925.

Prueba 3: Uno de los cuadros de la serie En tratamiento (1998), de Yishai Jusidman, más su ficha de identificación:


En el cuadro vemos al paciente H. G., sentado sobre una silla, y en cuyo regazo se abre un libro que reproduce Vir Heroicus Sublimis (1950-1951) del pintor estadounidense Barnet Newman (1905-1970). Aquí un detalle del cuadro, un acercamiento a la obra reproducida-trasladada al cuadro de Jusidman, que hace la vez de paleta de Morandi:

No me resta mucho más que decir: me quedo en la contemplación, escucho el lúcido diálogo entre la tradición y el presente --nuestras miradas--, malabareados con maestría por Yishai Jusidman. ¿Qué ven ustedes, lectores?

[Dedico esta entrada a Javier Sicilia y su Tríptico del desierto (México: Era, 2009), obra galardonada con el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1998, ineptamente tachado de plagiario por una panda de bienpensantes sin rostro, groseros opinionistas lumpen y pequeñoburgueses de vista atrofiada. Más sobre este caso --una polémica inútil, pero ilustrativa del estado de las cosas en México--, aquí.]