24.8.09

La vigilancia elocuente

El otro día, como mencioné en la entrada anterior, MP y yo fuimos a ver la muestra de Antony Gormley en San Ildefonso. Era sábado, pasaba de la una de la tarde y había poca gente en el museo. Así las cosas, recorrimos la exposición a nuestras anchas. En una de las salas había una obra en el suelo. El guardián en turno nos dijo, antes de que cruzáramos el umbral, algo ininteligible: “La pieza está en el suelo y se recomienda que la pisen”; o bien, “La pieza está en el suelo y se recomienda que no la pisen”. Nos decidimos por esto último, temerosos acaso de que, al pasar sobre la pieza, se activara alguna alarma.

En la siguiente sala, otro guardián nos aguardaba, así de redundante como suena. Nos dijo (o nos previno): “Siéntanse libres de transitar entre la pieza. Si por accidente golpean una de sus partes, ésta regresará sola a su sitio.” Las partes en cuestión eran grupos de esferas, uno de ellos antropomórfico y al centro, otro de ellos con forma de perro; los demás, amorfos. Había, por allí, alguna esfera suelta, pero tampoco nos atrevimos a patearla “de manera accidental”. Desde mi punto de vista, nada hubiera hecho que cualquiera de las partes de la pieza regresara a su justo sitio si, por accidente, la golpeáramos. Como suele decirse: misterio.

Casi al final del recorrido, se nos advirtió que entraríamos a una sala oscura. Allí, en el suelo, había un rastro de pan encendido por un haz de luz. En la sala contigua, una estructura tridimensional, hecha con trazos-tramos de metal fosforescentes. ¿Transitar o no entre la pieza? MP se decidió por lo segundo y llegó al centro de la obra. Entonces, menudo susto, se encendió la luz de la sala. Pensamos, claro, que al cruzar el umbral último de la pieza, MP había activado un sensor que, de manera tan abrupta y luminosa, avisaría a los guardianes del museo de su transgresión. Pero no fue así. Pronto, la luz se apagó de nuevo, y la pieza brilló, la fosforescencia recargada, en todo su fastuoso esplendor.

Las últimas dos salas estaban dedicadas a la obra más “convencional” de Gormley: cuadros colocados sobre los muros. Junto al umbral de salida, había una cédula identificadora en la que podía leerse cómo se llamaba cada pieza. MP, inocente, colocó su dedo sobre la cédula. La voz del guardián no se hizo esperar, como si el dedo de MP se hubiera posado sobre alguna llaga en su cuerpo vigilante: “¡No toque la cédula!”, su advertencia.

Temerosos, salimos del recinto sacrosanto y entramos a la tienda del museo, en donde no supimos si tocar o no los libros que allí se nos ofrecían; y no encontramos guardián alguno que nos previniera, o no, de hacerlo.

3 comentarios:

Guillermo Núñez dijo...

Misterio.

Frutero dijo...

Tú eres un misterio, Ay, Memo©.

Gaspar dijo...

Apasionante su relato de los hechos.Ha sido una grata sorpresa la lectura.