2.6.09

Peras y/o manzanas

Ante la amenaza del abstencionismo, se llama a anular el voto, a participar en la contienda a pesar de que los partidos hayan perdido crédito y credibilidad. Más allá de la fuente de dicha campaña y de los fines que, tal vez subrepticiamente, persiga, vale la pena reflexionar sobre un par de puntos. ¿Qué significa acudir a las urnas y cruzar, entera, la planilla? En suma, anular el voto significa que uno cree en el sistema que enarbola la democracia, si bien no se siente representado por partido alguno ni, menos aún, por los candidatos lanzados a la oferta electoral, ya sea corredoras, opinionistas, escritoras de best-seller, camaleones políticos, novatos o cualquiera de los sospechosos comunes que no se cansan de mostrar sus rostros anudados a un poste de luz (o, peor aún, de teléfono). Anular el voto, pues, quiere decir que uno confía en las instituciones que han convocado a las elecciones y que, además, han canalizado recursos a los partidos y candidatos a los que, al cruzar la boleta, se desprecia. Así las cosas, anular el voto es un acto ridículo, lo mismo que es ridícula la supuesta y enraizada democracia mexicana, el cambio que, me temo, nunca se consumó, aunque en el 2000 se daba por sentado. No cambio de partido en el poder, sino cambio quintaesencial de la dinámica política nacional y de la democracia que tanto se celebra. Eso, me temo, no ha sucedido. Ahora bien, ¿qué significa no acudir a las casillas? No votar, como opción, significa que no se está de acuerdo con el sistema que nos pide tener confianza en el voto, el mismo sistema que, sea por el motivo que sea, nos dice que tenemos, como opción, anular el voto. No votar es el único acto de resistencia posible ante el fracaso institucional que se ha concentrado más en promover la “transparencia” y la valentía, que en refundarse.

5 comentarios:

Strika dijo...

Me has quitado el sentimiento de culpa. Quería anular mi voto, pero no voy a estar en México. Así que, sin tener realmente la intención, voy a contribuir al porcentaje de abstencionismo. Aun así, si pudiera, iría a jugar gato en las boletas electorales...

Trajesdedías dijo...

Me gusta, me gusta! Estoy de acuerdo contigo David. El sistema de teja dos opciones y en ellas la elección. DELEGAR es el gran problema: no escogemos a los candidatos, pero votamos por uno de ellos; no somos las instituciones, pero las creamos y vivimos bajo su dominio. El acto de resistencia es más allá que decir entre las polaridades, es darse cuenta, como bien los has escrito ahora, que el sistema es un remedo y asco que sobrevive a nuestra grandiosa forma de DELEGAR "hacer que otros hagan y decidan lo que me corresponde honesta y responsablmente a mí". El sistema de la Delegación nos ha hecho pensar en la "transparencia", "democracia", "gobernabilidad"; en fin en todos esos "conceptos" en donde lo humano es más bien un motivo de ausencia.

No votar es quizá romper el sistema. Respirar y hacernos responsable de nosotros mismos y nuestros actos con los demás, como uno e igual a mí. David, te estoy agradecido por tu post, sobretodo, porque enuncia ese desencanto del Sistema y el tomar nuestro Hacer y Acto de decisión como no Delegar.

un abrazo fuerte,
tu amigo,
isaac.

SH dijo...

Interesante post, David. Aunque, para ser honestos, difiero contigo. No creo que el anular sea un acto ridículo. Todo lo contrario. Me parece que es otra forma de resistencia, quizá no tan utópica como el no acudir a las casillas. Si no acudimos, entonces, ¿no estamos legitimando el mismo sistema?

David Miklos dijo...

Gracias, SH. Te recomiendo leer el primer ensayo de Circunstancias, de Alain Badiou, sobre la elección francesa de 2002, muy elocuente sobre la falacia democrática occidental.

Doug dijo...

Lo peor es que te hagan salir de tu casa para elegir al más simpático entre varios payasos. Conmigo que lo olviden: prefiero pasarme ese día rascándome los huesos. Acudir a las urnas es ya un acto degradante. Que escojan otros y apludan y babeen. Al diablo la democracia, mejor quedarse leyendo un libro.

D