8.6.09

Días electorales, 1 (Diario de locos)

La última vez que escuché hablar a Jacobo Zabludovsky fue el 23 de marzo de 1994, luego de enterarme, en un Macrovideocentro de Interlomas, del atentado en el que perdió la vida el entonces candidato presidencial por parte del PRI, Luis Donaldo Colosio, el dedazo incómodo del tapabocas Carlos Salinas de Gortari. Ya en casa, encendí la televisión y me quedé pegado a la pantalla, en espera de la confirmación de lo ocurrido y de la inevitable muerte de Colosio, baleado en Lomas Taurinas, Tijuana. Zabludovsky estaba en el DF y la enviada de su noticiero --y de Televisa, claro está-- era Talina Fernández. De todo lo dicho y visto, recuerdo una sola cosa: la desesperación del informador, cuando le dijo a la reportera, a la que no dejaban trasponer cierto umbral --el umbral último-- del hospital en donde atendían al candidato: "Diles que te dejen entrar, Talina, ¡diles que digo yo que te dejen entrar!" Me sorprendió la conciencia de autoridad que tenía de sí mismo Zabludovsky, la orden dada no a la reportera sino al Estado Mayor Presidencial --supongo-- y a otras instancias de alto poder federal y estatal. Pero no dejaron que Talina entrara a ese espacio del hospital donde se atendía a Colosio y Zabludovsky mostró una notoria frustración, limitado su poder mediático.

Hoy, a 15 años de dicho evento, encendí la radio de regreso del trabajo --nunca lo hago: escucho música en lugar de noticieros y, peor aún, opinionistas; por algún motivo, me había cansado de la voz de Johnny Hartman, al que escuchaba sin tregua desde mi camino de ida a Santa Fe, por la mañana-- y escuché una voz, por demás familiar, que en un lenguaje casi soez nos invitaba a desatender las estupideces de no sé quién y acudir a las casillas a anular nuestro voto, lo mismo que él estaba ya decidido a hacer. Era, sí, Jacobo Zabludovsky el que hablaba, el que, de manera sugerente y no del todo sutil, nos "ordenaba" que tacháramos la integridad de nuestra boleta electoral.

Ignoro la inclinación partidista de Zabludovsky, pero algo me quedó claro: si él se suma a la campaña de anulación del voto, es que alguien muy poderoso --al que sirve él o del que se sirve él-- le pidió que así lo hiciera, con su autoritaria voz mediática, capaz de despertar la memoria de muchos. Más tarde, me enteré, a través de mi amigo A., de que Zabludovsky había publicado una columna sobre el mismo tema en El Universal de hoy, lunes. Esto, luego de que, por la mañana, el mismo A. me enviara un correo con un texto que explicaba lo que podía acontecer si un porcentaje alto de votantes anulaba su boleta: los pequeños partidos, esa gran molestia, perderían su registro, además de que habría problemas en la designación de candidatos y no sé qué otras cosas previstas por la ley. Me sorprendió, claro, enterarme de que la ley --las leyes de la democracia sobre sí misma-- preveía la posibilidad de la anulación del voto a gran escala y que existían medidas al respecto. Pero eso, por ahora, es harina de otro costal. Aquí, algunas de las palabras de Zabludovsky, el tramo final de su columna:
El voto en blanco, que en la última novelita de Saramago da lugar a una crisis más grave que la del ensayo de la ceguera, tiene una rendija peligrosa: nadie garantiza que una mano negra no rellene los huecos. Ya lo sé, representantes de todos los partidos vigilan la limpieza del procedimiento. Sí, pero son los que están contra la protesta, quieren que nada cambie, que el voto sea en favor de sus designados y no contra el sistema creado por ellos mismos. El voto en blanco es la iglesia en manos de Lutero. La ocasión hace al ladrón. De todos modos, los votos en blanco serán anulados. Y por lo tanto, contarán como nulos.

Por eso es mejor el tachón. Rayas cruzadas, atravesadas, engarzadas, curvas o rectas, que no dejen lugar a dudas sobre la intención del votante. Obsérvese que no es una abstención. Es un voto, una manera legal, porque no está prohibida, de votar. Es un voto que expresa una voluntad de influir para cambiar. Lo declararán nulo. De eso se trata. La declaración será certificado de nacimiento de una manifestación que, por pequeña que sea, nadie podrá ignorar. Constará en las actas. Votamos. Somos los del voto nulo. No tenemos pastor y no somos corderos. Somos los vecinos del 19 de septiembre de 1985.

Los poderes políticos y fácticos sienten pasos en la azotea. Presienten que más que un voto anulado es una especie de inesperado plebiscito. No hay manera de anular el voto nulo.

Defender el derecho de elegir libremente a sus gobernantes, es el propósito concreto de una población amorfa, vaga, pero tan real como su unión solidaria en un ágora de chips y .com.

Viene una contraofensiva. La gaceta religiosa dijo que la anulación es una actitud antidemocrática. Que debemos votar por candidatos. Representantes de sindicatos afines, líderes charros, gremios empresariales, intelectuales domésticos y artistas exclusivos expresarán su asco al voto nulo. Desde las telenovelas hasta los juegos de futbol se usarán para convencer al público del peligro de la anulación que pone en riesgo a la patria.

Pero no se le puede poner puertas al campo. La primavera ha venido, nadie sabe como ha sido. Sí se sabe, don Antonio: ha llegado por internet.

Y no se deje equivocar: anular es votar, no para matar a la democracia, sino para fortalecerla. Para anular lo que la agrede.

Es una forma de darle contenido a una mentada de madre.

Palabras de pronto crípticas y altisonantes --aunque rayanas en el necesario lugar común del lector promedio, supongo--, las de Zabludovsky, pero más que nada palabras autoritarias del que algo sabe que nosotros no.

Pero yo sigo en lo mismo: anular el voto es validar el sistema, mismo que contempla la anulación del voto. Mi idea es trascender ese sistema: anularlo. Ignorarlo. O atacarlo por la retaguardia. O en la avanzada, como el buen anarca. Pero hay que estar despiertos para hacerlo, no aletargados por las mismas cantaletas de siempre, se disfracen de rebeldía y alta moralidad o de la habitual corrupción y dejadez. Algo así.

[La nota entera de Jacobo Zabludovsky aquí.]

17 comentarios:

Jesús González dijo...

Muy interesante tu entrada, querido David. Yo, a la distancia (ya tendría que estarme informando al respecto en la embajada de este país), no sé todavía exactamente qué demonios haré cuando tenga la boleta enfrente.
Eso sí, no es mentira si te digo que tu nota me quedará dando vueltas en la cabeza todo el día.
Y creo que de eso se trata.

Comentario al canto: quizá la línea más sabia de los sobrevaluados Molotov: Que no te haga bobo Jacobo.

Un abrazo desde frías tierras,

C.J.

Antonio Puertas dijo...

No, David, difiero de tu entrada, porque creo que pones el problema al revés y que no ves la perspectiva ciudadana. Anular el voto o votar por un candidato independiente es, precisamente, quitarle legitimidad al Sistema de partidos (desde los grandotes hasta los chiquitos) que, desde hace años, se reparten el poder sin establecer compromisos con los ciudadanos, sin acatar sanciones reales a quien no le dé seguimiento a esos compromisos. Ahora bien: es evidente que un efecto negativo de la anulación/voto independiente será el triunfo del voto duro. Pero el voto duro siempre está presente, y aún así, en la medida en que el movimiento crece, pondrá en crisis al actual sistema de partidos irresponsables y alejados de los ciudadanos. No es, por supuesto, un movimiento popular; quiero decir: no todos están en condición de entender claramente sus alcances. Pero es un camino legítimo y legal para la protesta y la manifestación del hartazgo. Yo no veo mano negra en ello; al contrario: el sólo hecho de que todos los dirigentes de partidos y de que una buena parte de los personajes políticos de primer orden (llámese Santiago Creel, AMLO, Germán, Beatriz Paredes, Manlio, Jesús Ortega, y etc), de todas las corrientes e ideologías, hayan descalificado con furia y rencor la propuesta de anular/votar independiente (que vean mano negra, conspiraciones y complós, oscuros intereses), ese sólo hecho me deja bien claro que estas propuestas, que en conjunto le dan la espalda a esta aristocracia política, son un camino interesante que se debe ensayar para no validar unas elecciones que son el eterno simulacro de la democracia anclada sólo en los votos y alejada de los compromisos. Podrán ganar y ocupar curules, pero no con nuestros votos. Nada hay que más teman los políticos que la falta de legitimidad.

David Miklos dijo...

Si algo busca la campaña de anulación del voto, mano negra o no --asunto que, en el fondo, no me preocupa: México es el país de la mano negra, en casi cualquier ámbito--, es, como bien dices, Antonio, restarle legitimidad al sistema, un sistema conformado, en realidad, por tres partidos. Sin embargo, no sorprende que miembros del PRI avalen la anulación del voto: el partido en el poder, el partido del presidente --al que se nos llama a apoyar desde el frente del PAN, como el viejo dedazo, pero declarado democráticamente--, es el que acabaría deslegitimizado. Las encuestas, por ahora, le dan mayoría al mentado PRI, el caballo incómodo de la carrera, porque corre en dirección inversa al resto: ellos van de ida, el PRI de vuelta. El PRD no ha hecho más que inmolarse a sí mismo desde hace varios años, con una patética concentración de decadencia en los meses recientes. Entiendo que, quien confíe en la democracia como sistema ulterior, prefiera anular su voto a elegir uno de esos tres partidos, mismos que, dentro de un escenario deseable, habrían de reformarse de base, cambiar de nombre incluso (utopía, utopía). Quien no confíe en la democracia como sistema ulterior, tiene como alternativa la emboscadura (vgr. Jünger): atender su propio jardín, ajeno al derrotero de las urnas y sus rellenadores. Curiosamente, los defensores del voto duro y del sistema dicen que, pase lo que pase, anulación o no, el voto echará un resultado, aunque sea un voto único, singular: cualquier candidato que obtenga un sólo tachón, incluso contra millones de anulaciones, saldría victorioso. Eso sí, sin legitimación. Pero victorioso, porque así lo dicta y lo quiere el sistema al que, anulemos o no nuestro voto, pertenecemos. Yo no quiero pertencer a nada, así, en ese plural molesto al que los mexicanos recurren desde 1985, esa pretendida solidaridad que fue más excepción que regla. Así las cosas, suscribo buena parte de lo que dices, como siempre, Antonio, porque hablas desde la lucidez y no desde la tripa, lo que no quiere decir que vea en la anulación del voto la mejor manera de protestar. Creo que un camino más complejo, pedregoso y, claro, con una alta tendencia al fracaso, como lo es la resistencia más real, a partir de la individualización, no de la masificación, de los seres humanos que, hoy, se dejan desbarrancar por un sistema fallido. O exitoso, depende de con qué lente se lo mire.

Un abrazo. Y otro para ti, mi querido JC: espero que la boleta se te escape de las manos para que no te veas confrontado.

Alonso Núñez dijo...

¡Gancho al hígado, campeón! Es increíble la desmemoria de los espectadores. ¿Qué, ya nadie se acuerda de que Jacobo fue durante 30 años el portavoz del PRI? ¿Que fue tapadera de todo, es decir, cancerbero de Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas, Zedillo y los mejores (más bien peores) postores de la época? ¿De dónde le salió lo demócrata y opositor al Kid Televisa? ¿Será que también el chayote se cambió de esquina?

Vengan muchos diarios de locos. Hay material como para que escribas una enciclopedia.

Y perdona que te hable desde la tripa.

Paul Medrano dijo...

Habría que aterrizar el tema: yo vivo en Acapulco. Aquí hay 12 candidatos (PRI-PVEM, PRD, PAN, PT-Convergencia, PSD y Panal) para dos distritos federales. Debido a mi oficio sé que entre esos doce hay pillos de siete suelas (como Fermín Alvarado, del PRI-PVEM, quien fue impuesto por Figueroa); ex funcionarias y es diputadas locales que fueron inscritas por los tanates del gobernador para fortalecer su grupo (Gloria Sierra y Abelina López, ambas del PRD, y ambas, con magros resultados en sus anteriores cargos); cuotas de poder para el parásito de las prerrogativas (Alejandro Carabias, del PRI-PVEM); delegados federales y empresarios que buscan embolsarse una lana por las campañas (Marcos Parra y Conadonga Gómez, del PAN); los del PSD y Panal no se sabe de qué parte del universo provienen (el primer gran paso del voto nulo sería prescindir de estas verrugas políticas).
No ir a votar es casi igual a no existir en materia “electoril”. El trienio pasado, el perredista, actor y cantante, Félix Salgado Macedonio, llegó a la alcaldía con 40 por ciento de participación ciudadana (ojo, ese 40 se lo repartió con los otros candidatos). 60 por ciento de abtensión no dijo mucho. Qué distinto habría con un 60 por ciento de votos nulos. No votar no es una resistencia más real, sino más fácil, aunque menos productiva: décadas de abstencionismo no han preocupado a ningún partido.
Pero el voto nulo sí les ha puesto los pelos de punta, porque como bien decía alquien por aquí, nada teme más el político que la falta de legitimidad (si no, pregúntenle a Felipe Calderón, o al propio Félix Salgado).
Sí se nota, en cambio, una individualización del voto nulo. Cada quien lo concibe y lo planea según su hartazgo, sus necesidades o su sentir. Algo que percibo es que el voto nulo no busca cambiar el sistema, sino a la gente. Que valore la importancia de la papeleta (pues al final de cuenta, nosotros la pagamos), que razone su sufragio y que se exprese, algo que también paniquea, y mucho, a la fauna política.

David Miklos dijo...

Saludos, Paul: qué miedo, Acapulco, uno de los evidentes frentes de guerra, hoy. Lo que relatas es sintomático del exceso multipartidista del excelso sistema electoral mexicano, que promueve los partidos no hormiga sino cigarra: los perezosos que viven del erario (salvo excepciones luego demasiado cándidas). En efecto, la legitimidad es el punto flaco de los políticos. Es lo que busca atacar el voto anulado. Y está bien. Como también lo está votar por un candidato que convence (son los menos). El peor caso: votar por el menos peor. Sin embargo, los tres casos mencionados apelan a esa democracia en la que se nos hace creer que nuestro voto nos otorga una migaja de poder, un acceso que no es más que simbólico a las instituciones que nos gobiernan. Yo no me trago más el discurso democrático (ni nacional ni internacional): para mí, la democracia es otro producto más de la economía de mercado, el consumo y sus aberraciones trasladado a la esfera electoral. Insisto: a salirse del huacal y, desde allí, atacar a sistema. Resistirse a lo habitual. Un gran reto.

Alonso: no está mal hablar desde la tripa, siempre y cuando haya más estómago que hígado.

Paul Medrano dijo...

Híjole, va a decir que cómo chingo, pero, qué sería para usted salirse del huacal: ¿comprar un revólver y matar a todos los candidatos que se puedan? (excelente idea, pero nuestro de sistema de justicia condenaría al autor de tal heroismo a 450 cadenas perpetuas) ¿inventar un nuevo partido en el cual sus miembros firmen con sangre que se comprometen a ocupar cargos por auténtica vocación de servir, es decir, sin cobrar un cinco? (tal y como lo hacen los integrantes de la Policía Comunitaria; sus reclutas prestan un servicio temporal a los pueblos sin cobrar nada. Conviene destacar que las poblaciones –que ¡oh paradoja!, son las más pobres y marginadas– con este tipo de organización, son las que tienen los menores índices delictivos, incluso en el país).
Si yo le recité mis “opciones” como elector-ciudadano-hombre-padredefamilia es simple y sencillamente para compartirle que ninguno de los candidatos se merece un solo voto. Neta. Casi todos (a excepción de los desconocidos del PSD y Panal) han andado de cargo en cargo, birlando lana a diestra y siniestra (la perredista Gloria Sierra era titular de la Sedeso estatal, renunció para contender por la alcaldía de Acapunk, sin embargo, perdió, pese a usar programas de la Sedeso en su campaña), violando leyes (el priísta Fermín Alvarado era magistrado del Tribunal de por estas tierras, pero lo inhabilitaron por no ser tan justo; él ni siquiera debería ser candidato, pero qué le vamos a hacer, el IFE lo permite).
En mi caso no valdría el eufemismo de votar por el menos peor -algo que nada tendría que ver con resistirme a lo habitual–, porque ninguno es confiable. Lo de la democracia es otro triste cantar.
Sí, Acapunk se puso muy punk. Pero viera cómo se acostumbra uno a la matadera (¿sabía que en la balacera del sábado, hubo dos civiles muertos –padre e hijo– porque agüevo querían ver qué pasaba en la refriega?), porque dijera mi abuela: “a todo se acostumbra uno, menos a no comer”. Saludo

BESSIE CERÓN dijo...

Que nuestra democracia es deleznable y el actuar de los políticos es sesgado, es algo que se sabe. Las diferencias entre los partidos son epidérmicas. La lista de atrocidades y excesos de legisladores, jueces, secretarios de despacho y demás funcionarios públicos, son razones suficientes para entender el rechazo ciudadano hacia la clase política que nos gobierna, pero la propuesta de votar en blanco que comienza a articularse como un nuevo partido dentro del espectro político, pareciera pecar de ingenuidad, aunque quizá no lo hace. Sorprende sobremanera la amplia cobertura mediática que a dicha alternativa han realizado los mismos medios de comunicación que están siendo hoy afectados –con pérdidas millonarias– por una reforma electoral que prohibió la contratación de espacios publicitarios por los partidos políticos y sus candidatos. Por cierto, la reconfiguración del espacio público tras la reforma electoral nos ha situado en un escenario absurdo en el que los medios no pueden vender espacios propagandísticos a partidos y candidatos pero sí pueden, fruto de su generosidad, regalarlos. Convendría evaluar quién le hace más daño al sistema político mexicano: ¿El candidato per se, o la siempre participativa televisora que invita candidatos a “narrar partidos de fútbol” y acaba realizando entrevistas “fortuitas” que superan en costos el monto total de los gastos de campaña autorizados por el IFE para un candidato?

BESSIE CERÓN dijo...

Lo cierto es que la política mexicana no es una novela de Saramago aunque la realidad se obstine en imitar a la ficción. Pensar lo contrario es abordar la política mexicana desde un punto de vista simplista o reduccionista, pues anular el voto, por romántico que sea, no impedirá el triunfo de candidatos por mayoría simple, ya que nuestro sistema electoral no exige mayorías calificadas para validar una elección. En un país donde al presidente de la república lo eligen en última instancia siete magistrados, pocos y nada efectivos resultados deben esperarse de un movimiento que anula por igual a todos los partidos políticos, cuando lo correcto sería analizar las propuestas de los candidatos antes de descalificarlos. Incluso el color gris tiene contrastes y matices.

Nuestro sistema es imperfecto, sin embargo entre sus carencias nos permite diferenciar el voto, elegir entre candidatos más allá de lo que los partidos representan. Si alguien quiere anular su voto porque el mercado electoral no ha logrado convencerlo, o incluso votar por Kurt Cobain o Latin Lover, está en su pleno derecho. El rechazo activo a los partidos políticos es válido, pero debe ser una decisión de los ciudadanos y no parte de una campaña como la que se orquesta desde distintos frentes. Es poco serio y hasta irresponsable estimular un movimiento para votar en blanco que en nada contribuye al debate democrático. A mediados del siglo pasado, el filósofo inglés Michael Oakeshott al razonar sobre las actividades humanas, escribió que éstas, y particularmente las políticas, están circunscritas por límites históricos que bien haríamos en conocer, pues de lo contrario los juicios que al respecto formuláramos serían irrelevantes.

BESSIE CERÓN dijo...

¿A quién beneficiará el votar en blanco? ¿A los ciudadanos? ¿En qué? ¿Se traducirá esto en una toma de conciencia de las élites partidistas? No, en absoluto. Las torres de la Bastilla no se socavaron con desdén y repudio. La transformación del sistema político sólo puede ser ciudadana porque los ciudadanos lo sostenemos, somos la base del mismo sistema cuando pagamos impuestos, cuando votamos, cuando nos sometemos a la jurisdicción de tribunales emanados de ese poder público. ¿Qué haremos después de votar en blanco? ¿Convertirnos en objetores de conciencia que se rehúsan a pagar impuestos porque una cantidad grosera de estos se destina al gasto corriente?
José Woldenberg sostuvo recientemente que las reformas significativas no se han gestado frente a los altos índices abstencionistas sino que “se han dado cuando se genera un diagnóstico de algún problema y se hacen avanzar algunas propuestas, es decir, se crea un contexto de exigencia real con diagnóstico, con medidas y con horizonte”. ¿Es medible el éxito del movimiento anulista? Woldenberg acota: “Van a aparecer los tradicionales votos por Batman y Cantinflas, los errores y los que van a anular para manifestar un malestar con los partidos. ¿Qué porcentaje de esos votos expresa cada uno de ellos? Nunca lo vamos a saber.” Lo que sí sabemos, en cambio, es que frente al voto en blanco o el abstencionismo, poco tienen que perder los partidos hegemónicos que durante décadas han ido consolidando por medios no muy limpios, un voto duro que implica la falta de discernimiento del elector, que no considera las plataformas electorales de los partidos y las propuestas de los candidatos. La gráfica que a continuación se muestra es ilustrativa al respecto. Durante los pasados cinco procesos electorales federales el voto promedio del PRI ha sido de 10,558,003 mientras que Acción Nacional le sigue ya muy de cerca, consolidando una votación que en promedio alcanza 9,146,841 votos “duros”. Este promedio no cambiará sustantivamente a merced de los ciudadanos que decidan votar en blanco.

BESSIE CERÓN dijo...

Concentrado de votaciones en elecciones federales
(1994 – 2006)
Año PAN PRI - PVEM Nulos Total de Votos
1994 9,146,841 17,181,651 1,008,291 35,285,291
1997 7,696,197 11,311,963 844,762 29,771,911
2000 15,989,636 13,579,718 788,157 37,601,618
2003 8,189,699 6,166,358 896,649 26,651,645
3,637,685
9,804,043
2006 15,000,284 9,301,441 904,604 41,791,322
Promedio 9,146,841 10,558,003 896,649 35,285,291
Fuente: Elaboración propia con información del Instituto Federal Electoral.
Poco tienen que hacer los 896,649 votos nulos promediados durante las últimas cinco elecciones federales frente a los 19,704,844 votos que suman en el mismo número de elecciones el PRI y el PAN; votos que les permiten consolidar el régimen político que a comodidad han construido con la participación ciudadana en las urnas. Me parece entonces, que votar en blanco –incluso suponiendo que los votos nulos alcanzaran el 10% de la votación total, como esperan algunos de sus promoventes– es tan perjudicial como abstenerse de sufragar, puesto que se desperdicia la posibilidad de modificar a golpe de votos la composición del Congreso, frente al voto duro que garantiza la permanencia de esas élites en el poder. ¿Cuáles son entonces las tareas de los ciudadanos sin partido, hartos de un sistema político gangrenado hasta la médula? La primera tarea es sin duda la de ejercer nuestro derecho al voto efectivo. Lo que podemos leer entre líneas en las encuestas, más allá del hartazgo ciudadano indiscutible, es un alto porcentaje de indecisión. Los indecisos, que en la encuesta de Reforma rondan el 25% (Reforma, 29 de mayo de 2009), no son ciudadanos que no piensan votar, sino ciudadanos que están cambiando de opinión constantemente, quizá razonando su voto, evaluando visiones. La esperanza de este país radica en los ciudadanos que aún creen que puede cambiarse un sistema de partidos que nació viciado desde la reconfiguración política posrevolucionaria. En la investigación arriba citada, un 10% de los encuestados declaró que ha considerado la posibilidad de anular su voto, pero en la acción, sólo el 2.5% anuló la boleta utilizada en el sondeo.

BESSIE CERÓN dijo...

Es claro que el sistema político mexicano requiere de una reforma radical, impulsada activamente por los ciudadanos que no responden a los intereses obcecados de los partidos políticos, pero que participan activamente en los asuntos públicos. Hacerlo desde la visión del escepticismo político anulista supone de antemano el fracaso. San Agustín concebía el orden político como el remedio humano a nuestro alcance, sin exagerar sus logros. Si sabemos que no encontraremos en él la panacea, tenemos en consecuencia que buscar el equilibrio: la “quilla nivelada”, para decirlo con Oakeshott, implica restituir el valor de la política del escepticismo; el desencanto ciudadano ha de servir para poner topes al abuso preponderante de la política de la fe –en este caso, del voto ciego o resignado– y ejecer un voto sin concesiones, crítico. Esta búsqueda del equilibrio implica también el diseño de nuevos modelos de presión ciudadana para incidir en los procesos legislativos. Recurro de nuevo a la claridad de Oakeshott: “Nuestra tarea consiste en encontrar algún recurso para sentirnos cómodos en la complejidad que hemos heredado y que no podemos evitar ahora sin caer en la falsa esperanza de descubrir un mercado donde podamos trocarla por la sencillez”.
Superada la defensa a ultranza de posturas opuestas, es necesario iniciar el diseño de una arquitectura política preponderantemente ciudadana. Esto implica una ciudadanía activa que exige resultados a la clase política, que la acelera o la frena cuando es necesario, y una clase política acotada que deje de ser una coalición de notables como hasta ahora. La agenda ciudadana debe pugnar por la inclusión en nuestro orden político de asignaturas pendientes como son las candidaturas ciudadanas a las que se han opuesto hasta ahora la mayoría de los partidos políticos; la instauración de la segunda vuelta en elecciones presidenciales y hasta legislativas, que acabaría con la fragmentación del electorado y permitiría construir gobiernos de mayoría, una cierta gobernabilidad; la reducción del número de legisladores plurinominales; la reelección legislativa y el establecimiento de calendarios electorales concurrentes.

BESSIE CERÓN dijo...

Vale recordar la historia de Los siete samuráis de Akira Kurosawa (1954) que comienza en 1570, cuando los bandidos han asolado pueblos enteros de campesinos. El pueblo se reúne para tomar decisiones, ante el inminente retorno de los ladrones. El diálogo inicial, que nos sitúa en un contexto tan familiar al nuestro, es el siguiente:
–Quejarse no sirve de nada –dice uno de los campesinos–. Vayamos a ver al magistrado.
–¿Para qué? –pregunta otro– Sólo vendría después de que se hayan ido los bandidos.
–Démosle todo lo que tenemos a los bandidos, toda nuestra comida y luego nos ahorcamos. Así quizá reaccione el magistrado.
–¿Y si los matamos? Así dejarán de venir.
–Estoy en contra, remata un anciano afligido, y después con resignación: Hemos nacido para sufrir. Es nuestro sino, les recibiremos sumisamente.

Tras una búsqueda exhaustiva, siete samuráis aceptan defender al pueblo: algunos avezados en el arte de la guerra, otros individualistas y unos más con un profundo optimismo y raigambre campesina. A todos sin embargo, los cohesiona el mismo ideal, el bienestar de los ciudadanos, de los otros que no obstante son como ellos mismos. La solidaridad mexicana de los sin partido, de los que no tienen mayor interés que el bienestar ciudadano, debe servir para enderezar movimientos ciudadanos que se articulen como auténtico contrapeso del poder público, participando directa o indirectamente. El éxito de estos movimientos ha de ser cuantificable, más allá del discurso, la propaganda y las marchas efectistas. Ahorcar nuestro voto no servirá de nada, tampoco resignarnos. Si la política es el arte de lo posible, entonces construyamos movimientos posibles; no tiremos por la borda la oportunidad de modificar las condiciones deplorables de un país urgido de soluciones.

BESSIE CERÓN dijo...

Votos nulos: el vértigo de lo posible

Danner González-Bravo

Disipar las ilusiones no es matar el espíritu humano; éste se levantará de sus propias cenizas. Sin embargo los individuos sensatos evitarán las recetas para formar montones de cenizas.
Timothy Fuller

David Miklos dijo...

Paul: siempre bienvenido, gracias por comentar de nuevo. Hace un par de semanas apareció una columna de Lorenzo Meyer en el Reforma ("El círculo cerrado", 21 de mayo). Cito una parte: "En nuestro camino hacia ninguna parte, los comicios en puerta son un ejemplo de esta ausencia de salida. Las elecciones por venir se asemejan insoportablemente a las que hemos tenido desde siempre: votaciones donde no está en juego una disyuntiva real sino un mero recambio de personal. Es por ello que las elecciones son básicamente forma -muy costosa- sin contenido. Ninguna de las oligarquías que controla a los tres grandes partidos tiene la posibilidad y menos la voluntad de ofrecer una solución a la mediocridad, a la decadencia de la vida pública. Para ellas, estos malos tiempos resultan ser muy buenos: disponen de dinero público y, en la práctica, no hay forma de pedirles cuentas."

Salirse del huacal: es evidente que hace falta una revolución real, no institucionalizada ni de acción responsable, en México. Sin embargo, creo que, pasado el estertor de la anulación del voto, el letargo se hará de nuevo...

Bessie: gracias por el amplio comentario... ¿No hay un vínculo directo al mismo?

Nena dijo...

Anular el voto, el voto en blanco es ganancia para el voto duro de los partidos. Ellos se benefician. Siempre terminan beneficiados.

Un asunto parecido fueron estas últimas elecciones europeas. Cuando me llegaron las boletas de votación, ver los partidos es como para ponerse a llorar, y por supuesto, no tiene caso ni tomarse la molestia de mandar el voto al correo con la respectiva identificación.
(a esto me refiero, por supuesto a España y sus candidatos)

BESSIE CERÓN dijo...

jummm! :)

no la había, ya la hay

http://contodoslospulmones.blogspot.com/2009/06/votos-nulos-el-vertigo-de-lo-posible.html

http://dannerglez.blogspot.com/