17.9.09

Farsa, fraude y mermelada

1. Las palabras suelen ser precisas y así como la sangre no es ni un tejido ni un fluido, sino un tejido fluido, la palabra farsa, por ejemplo, quiere decir, si atendemos el diccionario de la RAE:

farsa
.

(Del fr. farce).

1. f. Pieza cómica, breve por lo común, y sin más objeto que hacer reír.

2. f. Compañía de farsantes.

3. f. despect. Obra dramática desarreglada, chabacana y grotesca.

4. f. Enredo, trama o tramoya para aparentar o engañar.

5. f. En lo antiguo, comedia.


lo que, claro, no es lo mismo que:

fraude.

(Del lat. fraus, fraudis).

1. m. Acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete.

2. m. Acto tendente a eludir una disposición legal en perjuicio del Estado o de terceros.

3. m. Der. Delito que comete el encargado de vigilar la ejecución de contratos públicos, o de algunos privados, confabulándose con la representación de los intereses opuestos.


Pero esto es mera necedad, relacionada con la entrada anterior de este blog, y dejo que el lector/la lectora especule sobre el porqué de la inclusión de este par de definiciones en El salto del salmón. A lo que sigue, pues.

2. Estábamos en el supermercado --el Superama de Renato Leduc y Calzada de Tlalpan, para más señas, en donde se nos va una buena porción de sendas quincenas-- cuando, en el pasillo de las conservas y demás delicias preservadas en azúcar, un frasco de mermelada St. Dalfour --creo que era de cassis; costaba cerca de 50 pesos-- se precipitó al suelo. Esto durante el debate que sostenía con los niños y que consistía en si nos llevábamos un frasco de mermelada Smuckers --la más barata-- o de La vieja fábrica --precio intermedio--, ambas de frambuesas. Justo nos decidíamos por esta última cuando, ay, la mentada mermelada de frutillas oscuras se desplomó.

Quise regañar al niño que se encontraba más cerca del estante, pero no estaba seguro de su culpabilidad; a veces, sin más, las cosas caen al suelo, sobre todo en los supermercados, y supuse que Superama --menudas aliteraciones, su-su-su-- tendría un seguro contra accidentes imponderables. Además, no había nadie a nuestro alrededor, ningún moro en la costa, cero testigos que pudieran demostrar lo ocurrido, que nosotros tampoco sabíamos lo que era. Así las cosas, proseguimos con la compra.

Y volvimos sobre nuestros pasos en no sólo una, sino en dos ocasiones: el corredor de las conservas nos atraía como un imán, y regresamos, primero, por miel, luego, sin querer, por harina, que estaba en otro pasillo, asunto que no nos impidió pasar nuevamente junto al frasco roto, la mermelada derramada, el cassis azucarado, vertido sobre el suelo. A esas alturas de la compra, en la costa ya se habían manifestado un moro --llevaba camisa negra-- y un azul --un guardia de esos que no tienen autoridad más allá de las fronteras del súper--, pero sendos hombres nos dejaron pasar y no dijeron palabra. Buscarán a alguien más, pensamos los niños y yo, y nos encaminamos a la caja.

El total de nuestra compra: 707 pesos con algunos centavos, de esos nuevos centavos ínfimos que se pierden en los bolsillos como náufragos de la economía. Ya sacaba yo los billetes cuando el moro se apersonó en la caja y dijo algo al oído del cajero, por lo que no nos dimos por aludidos. Sin embargo, el cajero nos dijo que teníamos que pagar un frasco de mermelada St. Dalfour de cassis. ¿Por qué? lo increpé. Y entonces sí intervino el moro: Tiene que pagar la mermelada que rompieron los niños. ¿Cómo sabe que fueron los niños y que el frasco no cayó al suelo por voluntad propia? Fueron los niños, insisitió el moro y no pude más que ofenderme. Mire, señor, yo vengo a este súper, como mínimo, una vez por semana y le dejo buena parte de mi quincena, que digo mi quincena, de la quincena de mi mujer también.

El hombre no comprendió mi razonamiento, así que continué: Además, seguramente su súper supermercado tendrá un seguro que cubra dichas impericias de los objetos inanimados. El hombre calló, su silencio tan negro como su camisa. Luego dijo, me ordenó: Pague la mermelada. Yo me insuflé y le espeté: No pagaré nada, usted me cobra ese frasco y yo no regreso más a su súper. El cajero nos interrumpió, me dijo que faltaban siete pesos. Me desembaracé de una moneda de diez y esperé el cambio. Saldada la cuenta, le dije a los niños: Vámonos.

El moro se mantuvo impasible, congelado junto al cajero. Dos guardias de azul obstruían la salida, pero el carrito, amenazante como un galeón pirata, encontró el modo de pasar entre ellos y desfilamos, flanqueados por la ley del súper, los niños y yo hacia la libertad del estacionamiento, lejos de la costa en la que había ocurrido la pequeña catástrofe del cassis.

Apenas arrancamos, los niños salieron de su mutismo y, claro, comenzaron a hacerme preguntas. La más importante de todas no supe --o no quise-- responderla: ¿Qué es el cassis, David?

Fin.


12 comentarios:

María (ahora en paz) dijo...

¡JA, JA, JA, JA! Lo mejor de todo fue la pregunta acerca del cassis, definitivamente.
Pobre país: tan lejos de la congruencia, tan cerca de la estrechez de mente; en corto, de la estupidez.

David Miklos dijo...

En realidad, me tomé muchas libertades poéticas en esta entrada, pero casi todo sucedió así.

Vikram Dharma dijo...

No he parado de reírme. Ay, qué agusto. Tenía mucho sin reírme tanto. Híjole. Sí, la pregunta final corona el texto. Jajaja

David. Que Lésper haga su berrinche solita, y que sus monos le aplaudan. A cagar con ella.

─═☆ αđяi ☆═─ dijo...

E X C E L E N T E !

Digo no se ni como di con tu blog, pero si que aplaudo tus libertades poéticas que con certeza hicieron de una ida al supermercado una lucha inspiradora por los derechos, porque definitivamente: “a veces, sin más, las cosas caen al suelo”…

Saludos!

Amor y buena vibra..

N. dijo...

Las omisiones poéticas siempre le dan el sesgo a un texto.

Pero, luchemos por los derechos del guardia y contra el sesgo que le diste.

Cuando uno entra a un comercio está consciente de que puede tener cámaras de seguridad. También está consciente de que el contrato implícito es "si lo rompe o lo abre, paga".

La actitud del guardia es molesta. Pero, al igual que tu trabajo es escribir, la de él es ser guardia y defender lo que el supermercado piensa que son sus derechos. A ellos les vale un comino tu quincena y él necesita la suya.

Tienes razón, los supermercados tienen tiranizados a los proveedores. No creo que les provoque grandes pérdidas una mermelada.

Pero todo esto ya lo sabias. Son las omisiones poéticas las que hacen legible un relato.

nimbemon dijo...

Regresando al tema de tu post anterior (ay, sigo en las mismas) he estado leyendo el blog de la crítica que gusta de evidenciar farsas y fraudes, es decir, Lésper: de veras que tiene una obsesión por la legalidad porque en otra de sus entradas sentencia que el valor de una pieza es directamente proporcional a su potencial para ser robada...
Y si, estoy de acuerdo contigo: las cosas en mis manos son muy proclives a caer...
Saludos, n.

David Miklos dijo...

Bienvenida de nuevo, n. Con la Lésper no hay remedio y no quedará más que ignorarla, aunque su "crítica" me parece dañina y un llamado a la ignorancia (basta con leer los comentarios de sus groupies, ante los cuales uno pone cara de "no comments"). Es como el guardia de seguridad del súper: levanta cargos sin evidencias. Qué le vamos a hacer...

Y tú, N., creo que no terminas de expresarte bien: no comprendo lo que dices, aunque entiendo que lo tuyo es la "agitación".

Ali dijo...

Muy buen relato.- Yo seguiría yendo al súper como si nada, saludaría al guardia (quien seguramente no tiene hijos)pero eso no es lo importante, lo bueno es que tu relato, con todas tus libertades, es atrapante, gracioso y entretenido.-Valió la pena encontrar este lugar gracias a Networkedblogs, saludos desde Uruguay, Alicia Saquieres.-

N. dijo...

Haré manifiesto el contenido latente. Para que quede más claro.

Bájale al ego, David.

David Miklos dijo...

Alicia: bienvenida. Uruguay es una segunda patria para mí. ¿Has leído Cueros de culebra de tu paisano Rafael Juárez Sarasqueta? Muy recomendable. Es amigo de la casa.

N., ¿que le baje al ego? O sea: blog es equivalente a ego. Same shit. O mejor aún: whatever.

N. dijo...

¿Te gustaba mucho Clueless, David?

David Miklos dijo...

No, lo mío son The Sopranos.