17.4.09

Sin cabeza, sin cuerpo, México

En la portada de El hombre sin cabeza (Barcelona-México: Anagrama-Colofón, 2009), el libro más reciente de Sergio González Rodríguez, vemos la cabeza de un hombre sobre un plato. Una cabeza sin cuerpo, se entiende. Una cabeza sin hombre, pues. Se trata de la Cabeza de un hombre muerto (1991) de Joel-Peter Witkin, retrato hecho en México y que se antoja la imagen vidente de un futuro que nos ha alcanzado: hoy, aquí, ahora, época en la que ruedan las cabezas. El libro de González Rodríguez, inscrito dentro de la colección Crónicas de Anagrama, es un híbrido entre la memoria, el periodismo de investigación y la especulación socio-estética, uno de esos textos originales que llaman a la sorpresa y que no podemos dejar de leer. Todo comienza con una anécdota metafísica, una reflexión sobre la muerte que cede a un recuerdo familiar, y termina en las profundidades de una gruta. El texto recorre distintos parajes de México, desde Acapulco hasta Catemaco, pasando por los estados de Michoacán y Tabasco, con una escala obligada en Ciudad Juárez. Son los escenarios del espectáculo orquestado por el narco y sus carteles, allí donde se manifiestan los cadáveres y las cabezas sin amo, desprendidas de su ser, de su mando. Lección de realidad y de magia, El hombre sin cabeza recorre el mito y la verdad de los descabezados, además de trazar la peculiar geografía emocional y mnemotécnica de su animador, un escritor sin miedo y que lo ha sobrevivido todo, la cabeza aún atada al cuerpo. He aquí una notable alternativa a la novela, una muestra de prosa que de desmarca de lo habitual, una faceta luminosa de nuestras letras a pesar de la sordidez que la insufla de vida. Allí donde otros intentan novelar el narco, González Rodríguez abre la palma de la mano y nos muestra, sin las taras de lo burdo y popular, el estado de las/sus cosas, en un ejercicio espeleológico-narrativo sin parangón sobre el derrotero de nuestros días.

4 comentarios:

malversando dijo...

Se oye bien. A ver si lo consigo. La pregunta me obsesiona: ¿cómo contar lo incontable, lo horrible-indecible? Se me hace que la realidad le empieza a quedar grande a la novela.

David Miklos dijo...

La realidad siempre ha sido más grande que la novela, creo. Y creo, también, que mezclarse con la realidad, escribir esta clase de híbridos, le da un nuevo aliento a la narrativa. Algo así.

Alberto dijo...

Qué interesante se ve el libro, David. Habrá que leerlo. Ahora dos (ejem) preguntas:

1. ¿Qué pasó con esos clichés, muchachos? La novela (cualquier novela; el género novela) es parte de la realidad, como las piedras y los sueños... :P

2. ¿De dónde salió esa foto de Mishima? ¿Es (horror) de después de su seppuku? ¿O de antes? Por favor dime; nunca la había visto.

Ya sé, fueron más de dos preguntas. Saludos y suerte.

Doug dijo...

esa foto de la cabeza de Mishima me imagino, espero, es después del sepukku. si es antes, qué cara de muerto tenía el tipo.