9.4.09

Peras y manzanas (Davenport, Ruskin, Whistler)

Leo a Guy Davenport por primera vez, a pesar de haber tenido libros suyos entre mis manos en más de una ocasión, a lo largo de los últimos diez años. El otro día, guiado por el instinto, me hice de ¿Qué son las revoluciones? Y otros ensayos sobre arte y literatura (México: Libros Magenta, 2008), traducido, editado y prologado por Gabriel Bernal Granados. ¿Cómo describir la escritura de Davenport sino como luminosa, iluminadora? Su breve, concentrado ensayo sobre John Ruskin es una de las puertas más importantes que alguien ha abierto para mí. Cruzado el umbral, comprendo lo que he de leer ahora, lo que he de escribir --y cómo-- ahora. Aquí les dejo unas palabras de Davenport (Anderson, 1927-Lexington, 2005), tomadas de "La luz de los shaker":
Justo a la vuelta de la esquina de mi casa en Lexington, Kentucky, hubo para bien, durante cincuenta años, un peral y un manzano que habían crecido el uno alrededor del otro en una doble espiral. Durante los veinte años que caminé a diario enfrente de estos dos árboles, siempre se mezclaron en mis pensamientos, y siempre de manera benigna. Eran marido y mujer, como en el poema de Ovidio en el cual una pareja inseparable se convierte en sendos árboles colocados lado a lado en una existencia eterna. El peral y el manzano generaban en mi imaginación una curiosidad acerca de los mitos que nuestra cultura se ha contado a si misma sobre las manzanas y las peras. La manzana es el símbolo de la Caída, la pera de la Redención. La manzana es el mundo, la pera el cielo. La manzana es trágica. Una manzana dorada que primero fue un falso obsequio de bodas y luego el presente de un pastor a una diosa, comenzó la Guerra de Troya y todo lo que Homero registro en la Ilíada y la Odisea. La manzana que cayó a los pies de Newton también cayó en Hiroshima y Nagasaki en las cabezas de cohetes, esplendiendo con un fuego elemental que es, como la manzana de Adán y Eva, un detalle inocente de la creación si se le toca y todo el mal del que es capaz el hombre si se le arranca.

Anteayer, estos dos árboles entremezclados estaban en flor. Con cada estación, el manzano y el peral eran hermosos, en otoño con sus frutos, en invierno con su gracia desnuda, en verano un acertijo rotundo en verde, con dos tipos de hojas diferentes; pero en primavera siempre fueron una gloria de blanco, algo así como lo que siempre he esperado que parezca un ángel cuando lo vea. Pero no volveré a ver estos árboles jamás. Un contratista ha comprado la propiedad y cortó los árboles abrazados, en plena florescencia, con una sierra eléctrica; su aullido representa sin duda el idioma de los demonios, que equivale a cancelar la creación.

4 comentarios:

María (ahora en paz) dijo...

Love it. Muac.

Víctor Márquez dijo...

Que tal:

Solo queria saludarte, debo confesar que no he leido ninguno de tus libros, pero leo regularmente tus colaboraciones de Cine Premiere y la Tempestad. Y las disfruto bastante.

Sin más por el momento me despido. Un enorme saludo desde la Angelópolis.

sergio luna dijo...

Ese libro de Davenport ¿dónde lo conseguiste? Se antoja de verdad.
saludos

Héctor Flores dijo...

Miklos:

Yo a Guy Davenport lo encontré por accidente. Inocente de mí, me hice de sus Objetos sobre una mesa (Turner / FCE) un domingo con el objetivo de clausurar el fin de semana en paz. Lo que pasó en verdad es que terminé deslumbrado por la forma con que Davenport piensa y practica la crítica, como el arte de la lectura. Dice Davenport del crítico, de él mismo, pues: “Es un embajador, un abogado; en otras palabras, una presencia útil.”

Personalmente, Davenport es por mucho el mejor crítico de arte y literatura que he leído nunca, incluso sobre Steiner, uno de mis favoritos. Me encanta la forma en que Davenport estudia todo arte como si fuera un arquéologo del presente, glosando hasta el objeto -aparentemente- más inocente en una pintura o en el pasaje de alguna novela y así restaurar todo su significado. Por ejemplo, un racimo de uvas que se pierde en una rica y profusa naturaleza muerte recobra su significado bíblico, lo mismo con tres novelas dispersas en el salón de la misma pintura, o con un cañón en un De Chirico. A veces, da la impresión de que los artistas bajo el microscopio de Davenport ni siquiera estaban conscientes de estar diciendo tanto con sus óleos o sus poemas. Davenport lo sabe: la obra de arte muchas veces sabe más cosas que el artista que las crea. También responde, para los escépticos: “Y cuando el alumno escéptico desde el fondo del aula pregunta si Keats sabía esto, y si se lo propuso, debemos responder que no, pero que el lenguaje lo sabía por él, transmitiendo el significado del mismo modo en que los genes transmiten la información de un organismo a otro.”

Bernal Granados nos ha hecho un gran favor y ha traducido una porción generosa de las obras de Davenport. Hasta el momento, he conseguido leer El museo en sí, una colección de 19 ensayos sobre arte y literatura, del que destaca El crítico como artista, y Objetos sobre una mesa, un libro de conferencias que te van a tirar de la silla. Ojalá puedas echarles un ojo. Además, Letras Libres tiene en sus archivos uno que otro ensayo de Davenport, siendo mi favorito el que se titula “Mis lecturas”.

En mi blog, he hecho una recopilación de citas de El museo en sí y Objetos sobre una mesa: http://paispapel.blogspot.com/2009/03/davenport-objetos-sobre-una-mesa.html y http://paispapel.blogspot.com/2009/03/davenport-objetos-sobre-una-mesa.html. También: http://paispapel.tumblr.com/search/davenport.