5.3.08

We can fight!


Ayer, mientras Obama no ganaba las primarias en Ohio y en Texas, MP y yo estábamos en el Palacio de Bellas Artes, en compañía de mi lado de la familia. Frente a nosotros, Gidon Kremer y la encarnación actual de su Kremerata Baltica, bajo el siempre impactante telón de Tiffany, cantaban "We can fight!" --únicas palabras de "Per un pugno di dollari" de Ennio Morricone-- en su último encore, luego de un concierto iluminador y una interpretación generosa.

El concierto dio inicio sin Kremer en el escenario; en su lugar, un clavecín, con Reinutt Tepp en su asiento, bajo continuo del tercer Concierto de Brandenburgo de Johann Sebastian Bach (primer y tercer movimientos). Con 11 músicos en el escenario, el repertorio de la noche empezó con ánimo íntimo, luminoso. Luego de Bach, vino el abismal contrapunto de Henryk Mikolaj Górecki: su Concierto para clavecín y cuerdas, opus 40, aún sin Kremer en escena y con Tepp, formidable, al centro de la Kremerata Baltica. La obra, que nunca antes había escuchado, me sorprendió (y pensé en Glass pero con alma y pasiones). Terminado Górecki, Kremer hizo su entrada para dirigir, desde el sitio del primer violín, la apabullante, melancólica Sinfonía de Cámara, opus 110a, de Dimitri Shostakovich, entre la luz y las tinieblas.

Intermedio.

El concierto prosiguió con otra sorpresa: Wie der alte Leiermann, de Leonid Desyatnikov, otra sorpresa. Kremer, de pie, mostró su desapegado, altruista virtuosismo. Para concluir, el percusionista Andrei Pushkarev dejó la banca trasera y los timbales para acompañar a Kremer al centro de la orquesta, en una calurosa, apasionada interpretación de la suite Punta del Este de Ástor Piazzolla, contrapunto alegre a la nostalgia de Shostakovich.

El aplauso, entonces. Un aplauso total (y que daba la impresión de que el Palacio de Bellas Artes estaba lleno y no vacío en dos terceras partes: una pena que la gente se pierda de un concierto de esta talla, lo mejor que ha sucedido en la ciudad desde Dylan, la semana pasada.)

Entonces, los encores. Y, como ya se dijo, "We can fight!" Al final del concierto, Kremer le dio la mano y le sonrió a cada uno de los intérpretes de su Kremerata Baltica --nosotros aprovechamos para abrazarnos, para abrigarnos entre aplausos--, a quienes nos imaginamos los elegidos entre decenas o cientos de músicos bálticos, cada uno, además de parte del conjunto, una personalidad distintiva.

Afuera, el mármol del Palacio de Bellas Artes brillaba, fulguroso de cálida luz báltica.

Y una vez más: "We can fight!"

Así las cosas.

[La imagen de arriba: Gidon Kremer y Arvo Pärt; abajo, el Báltico en febrero, tomado del blog de Mustaa.]

1 comentario:

maria dijo...

Me transportó, de nueva cuenta, a la noche de ayer. Muy bien relatado vaquero. Quién como tú que tiene buenos episodios musicales a cada semana!!!! XXXXXXXXX