2.10.08

El comunista en el centeno (fragmento)


Pensar el 68, hoy, implica hacer un nuevo ejercicio utópico --ahora que se nos invita a consumir en lugar de a crear--, levantarse de la cómoda tumbona del presente y trasladar ese pasado, inmediato, al futuro, a los desmarcados de la avanzada.

Pero quizás, hoy, es más cómodo ser una efigie de sal, petrificada en el presente, la mirada vuelta atrás y no adelante, allí, adonde el futuro espera a ser alcanzado.

¿Qué decir, pues, del 68, hoy, alcanzado el futuro que no es otra cosa sino un presente deslavado, inocuo, pervertido por la victoria ulterior del capitalismo y las formas de consumo impuestas por la nueva Roma americana, la misma que censuró sus propios brotes de rebelión --asesinó y acalló a MLK, al otro Kennedy, a las voces surrealistas que hacían de California una utopía alcanzada--, un año antes de que la imaginación tomara las calles de París?

Decirlo todo, levantarse de nuevo, resistir a los embates de la realidad impuesta por el entorno, construir un orden social distinto, alternativo a los designios neoliberales y tecnócratas, vacíos de imaginación, rellenos de capital.

Resistirse, pues, a la simulación de que el presente lo es todo --cuando no es más que regodeo en el pasado, incapacidad de romper con lo establecido a priori y no cuestionarlo por miedo a perderlo “todo”--, de que no hay cabida para el futuro, de que ser es consumir.

Resistirse, es decir, imaginar lo imposible. Y demandarlo. Decirlo.

Decir que la clase media cedió a la venda en los ojos, a la mortaja en la boca, a lo política, liberalmente correcto y no al paliacate rojo anudado al cuello.

O mejor no decir nada.

Mejor callar, como Robert Linhart.

Y ser elocuentes en nuestro mutismo.

Así el silencio, así las cosas.

[El texto completo, dedicado a Robert, aparece en el número 298 de Istmo.]

1 comentario:

Antonio Puertas dijo...

David, la reflexión es obligada. Yo mismo ayer vacié algunas ideas en mi (anti-blog). No estoy seguro que todos los 68 caben en un sólo término como "el 68". Tampoco que todos fueran movimientos de izquierda: están los movimientos civiles de EEUU, la celebración y luego las protestas de Praga por la invasión soviética. Están, claro, los estudiantes de parís a los que se les sumaron luego los obreros y entonces aparece la genialidad del estadista que fue De Gaulle. Está nuestro triste 68, que insiste en recordar ¿y celebrar? la matanza, y que de cierta manera nigunea la gran marcha del silencio encabezada por Barros Sierra. Voy a insistir en algo que suena a anatema: el 68 mexicano no fue, en su origen, un movimiento de izquierda. La sociedad mexicana fue, en su mayoría, hostil al movimiento, o indiferente al mismo: los obreros mexicanos no hicieron como sus contrapartes franceses: no se sumaron al movimiento. Razones hay varias y las conocemos. Los hechos son como son. Incluso gran parte de esa izquierda comunista de los 60, la organizada, vio con recelo al movimiento (recordemos a Lombardo Toledano, argumentando que se trataba de un ardid de la CIA). Agregaré algo que tampoco es popular decir:en Posdata, Octavio Paz ofrece un excelente resumen y además la narativa profunda de la matanza, su lógica perversa e inconsciente: justo lo que hace al 68 mexicano único en el mundo. Insisto: hubo en el origen del movimiento un puñado de demandas que, en escencia defendieron los derechos del individuo frente al Estado, que exigían libertad ante el autoritarismo. Eso fue el 68 de México en su origen. Lo que siguió a la renuncia de Barros Sierra y a la marcha del silencio fue la mise-en-scène de un pasado enterrado pero vivo que hemos preferido mitificar y momificar en un slogan que a los chavos no les dice nada, pero que sirve para llevar a gente a la plaza.