
Pensar el 68, hoy, implica hacer un nuevo ejercicio utópico --ahora que se nos invita a consumir en lugar de a crear--, levantarse de la cómoda tumbona del presente y trasladar ese pasado, inmediato, al futuro, a los desmarcados de la avanzada.
Pero quizás, hoy, es más cómodo ser una efigie de sal, petrificada en el presente, la mirada vuelta atrás y no adelante, allí, adonde el futuro espera a ser alcanzado.
¿Qué decir, pues, del 68, hoy, alcanzado el futuro que no es otra cosa sino un presente deslavado, inocuo, pervertido por la victoria ulterior del capitalismo y las formas de consumo impuestas por la nueva Roma americana, la misma que censuró sus propios brotes de rebelión --asesinó y acalló a MLK, al otro Kennedy, a las voces surrealistas que hacían de California una utopía alcanzada--, un año antes de que la imaginación tomara las calles de París?
Decirlo todo, levantarse de nuevo, resistir a los embates de la realidad impuesta por el entorno, construir un orden social distinto, alternativo a los designios neoliberales y tecnócratas, vacíos de imaginación, rellenos de capital.
Resistirse, pues, a la simulación de que el presente lo es todo --cuando no es más que regodeo en el pasado, incapacidad de romper con lo establecido a priori y no cuestionarlo por miedo a perderlo “todo”--, de que no hay cabida para el futuro, de que ser es consumir.
Resistirse, es decir, imaginar lo imposible. Y demandarlo. Decirlo.
Decir que la clase media cedió a la venda en los ojos, a la mortaja en la boca, a lo política, liberalmente correcto y no al paliacate rojo anudado al cuello.
O mejor no decir nada.
Mejor callar, como Robert Linhart.
Y ser elocuentes en nuestro mutismo.
Así el silencio, así las cosas.
[El texto completo, dedicado a Robert, aparece en el número 298 de Istmo.]